Emoción contra verdad

J. SÁNCHEZ HERRADOR

Si vio algún debate electoral de las pasadas elecciones catalanas y tuvo la sensación de asistir a un ejercicio de ficción, no se preocupe, el problema no es usted, confundido por un ataque de irrealidad, sino la palabrería independentista, vacua y emocional, que causa estragos en los espectadores. A falta de razonamientos, el nacional populismo separatista tiene también sus significantes vacíos con los que combatir el desastre generado por el procés.

Para seguir engañando a la tropa independentista la única solución es ocultar el fracaso real mediante la mitología inventada y la exacerbación de las emociones, aunque sea, o precisamente por eso, sacrificando la verdad de los hechos.

Los independentistas ya no hacen política sino religión, propagación de fe separatista, creación de dogmas que deben ser admitidos sin discusión. En ese contexto es fácil comprender la resurrección de Puigdemont convertido en una especie de dios al que hay que seguir en su sacrificio redentor.

Los que esperaban un hundimiento independentista no quisieron ver que frente a las emociones, por muy engañosas que sean, es muy difícil luchar con la razón, la lógica y la reflexión sobre las consecuencias de los propios actos.

La construcción de la víctima es la representación sublime de la emoción más eficaz. Para los independentistas la cuestión ya no es qué hacer con el poder político conseguido, sino salvar la mitología y la identidad para enmascarar el engaño masivo. Años de adoctrinamiento, rozando el lavado de cerebro, son imprescindibles en estos casos. Los independentistas lloran, aman y odian a la vez, y nosotros insistiendo en que más de tres mil empresas han salido de Cataluña. Los separatistas no se hundirán hasta que el sentimentalismo desaparezca, hasta que la razón prevalezca y venza a la emoción.

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