Elogio de la interdependencia

JOSÉ M. DE AREILZA

El presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, se ha mantenido firme en el apoyo al Gobierno español durante el intento de secesión en curso. No lo ha hecho solo por su deber institucional de respetar la triple legalidad europea, española y catalana, sino por una comprensión europeísta de la relación entre los distintos territorios en el mosaico continental. Cualquier identidad colectiva debe poder ser asociada a otras identidades, ha explicado. Es un elogio de la interdependencia y una llamada a gestionar los vínculos entre regiones y Estados con solidaridad y apertura al otro. En el caso de Cataluña, una combinación extrema de nacionalismo y populismo ha querido romper la autocomprensión de este territorio como perteneciente a la España constitucional y a la Europa integrada. A pesar de tener un nivel de autogobierno muy desarrollado y un reconocimiento de sus símbolos como nunca había sucedido en la historia, los líderes independentistas han optado por tensar al máximo la relación con el resto de los españoles. Han buscado la exaltación nacional de una comunidad homogénea, un proyecto ligado al peor pasado europeo, fundado en la exaltación romántica de un grupo por encima de los demás.

La integración política y económica se puso en marcha hace casi setenta años precisamente para evitar los excesos del nacionalismo y gestionar juntos una arquitectura de paz y prosperidad compartida, con instituciones comunes en una Comunidad de Derecho y poniendo el acento en el respeto a la diversidad cultural, histórica y lingüística. En la crisis que atravesamos, la fuerza de la interdependencia enseguida ha hecho su aparición de muy distintas formas. La afirmación del orden constitucional español ha sido entendido por la mayoría de ciudadanos y de partidos como el marco probado de convivencia democrática en el que hacer reformas y salvaguardar el pluralismo de identidades. Muchas empresas han votado con los pies y se han marchado del territorio que reclamaba la desconexión del mercado estatal y, por lo tanto, del europeo. A los ciudadanos que se han manifestado contra la secesión les ha parecido que entre las banderas europea, española y catalana había armonía.

En el proyecto de civilización que llamamos Europa cualquiera puede sentirse muy identificado con una identidad territorial específica. Pero esta preferencia no puede servir para anular la vigencia de las demás y la libertad de otros de querer combinar dichas identidades de manera distinta. Mucho menos está legitimada una autoridad pública para fomentar una única manera de pensar entre los ciudadanos que se base en los agravios, la sensación de superioridad histórica o la división entre buenos y malos ciudadanos por razones sentimentales. La interdependencia, por otro lado, es global y no solo española o europea. Al gestionar nuestra crisis constitucional desde el Derecho y los pactos, hacemos una contribución a una esfera internacional cuyas reglas del juego sufren la amenaza de demasiados brotes nacionalistas.

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