Elegía en la muerte de yo qué sé

FERRAN BELDA

La muerte no sólo siega vidas y abate familias. Con frecuencia pone a prueba la sensibilidad y la preparación de los gobernantes. El fallecimiento del librero Paco Camarasa, por ejemplo, ha venido a demostrar que de nada le sirve al presidente del Consell tener a su servicio a un regimiento de funcionarios y dos pelotones de paniaguados. Queriendo quedar bien, ha quedado fatal. Podía haberse dado por no enterado, como el prescindible Consell Valencià de Cultura. Y ya está: un detalle menos, como hay una hora menos en Canarias. O hacer como Vicent Marzà, quien, como es más consejero de Educación que de Cultura y se rige por el calendario escolar, no adoptará ninguna decisión acerca de sumarse o no al duelo libresco hasta que concluyan las vacaciones de Semana Santa, Pascua de Resurrección y Pascua de San Vicente.

Pero no se resistió a lograr otro impacto mediático transmitiendo el dolor que sentía por la pérdida de este destacado paisano. No le chirrió aludir únicamente a los mismos aspectos biográficos de la etapa catalana de Camarasa que se mencionaban en todas las entrevistas que la prensa de Barcelona o de Madrid le hizo en vida. Y acabó firmando un pésame más propio de la alcaldesa de Barcelona que del presidente de la Generalidad Valenciana. Porque ya me dirán qué hace Ximo Puig i Ferrer (Morella, 1959) recordando que Camarasa «fundó en La Barceloneta 'Negra y criminal', un santuario donde encontrar las mejores novelas, las mejores presentaciones y las mejores conversaciones» (sic). Yo se lo diré: el ridículo. Hace el ridículo más espantoso porque, en efecto, como añadía Puig en su compungido trino, «la librería de Camarasa y -el trabajo que desarrolló en- la dirección del festival BCNegra fueron fundamentales para que la novela policial alcanzara prestigio y difusión en España». Pero al titular del Consell no le correspondía destacar su capacidad para «atraer a figuras internacionales» a Barcelona. Bien que se lo agradeció Ada Colau concediéndole la medalla de oro. A Puig le incumbía recordar que fue uno de los 14 estudiantes de la UV detenidos en 1971 y que, en lugar de ir saltando de una sigla a otra para vivir de la política, como hicieron muchos de sus camaradas del PC tras el advenimiento de la Democracia, fundó el Gremio de Libreros y la Feria del Libro de Valencia. A Puig le tocaba personalizar en él un homenaje a todos los libreros que se jugaron el físico en la Transición. Pero para eso él o alguno de sus 23 asesores tendrían que saber que la librería que Pacarasa, como le llamaban cariñosamente algunos de los colegas que le conocían de los tiempos de la revista 'Cal dir', y su hermano llevaban en Valencia, La Araña, sufrió un atentado con explosivos, igual que La Costera, de Xàtiva; Xúquer, de Alzira, etc. Y me parece a mí que JM Orengo, por citar al más conocido de los consejeros áulicos, es cualquier cosa menos un libro abierto.

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