Elegía

En estos días, conviene derramar al menos una lágrima por una víctima municipal: el trenecito del jardín del Turia

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Ya sé que hay muchos problemas. Sé que las elecciones catalanas se van a celebrar muy pronto, que en Alemania siguen sin formar gobierno y que Trump ha encendido sin necesidad la mecha de otro conflicto en Tierra Santa. Pero al menos déjenme derramar una lágrima, cargada de nostalgia, por una víctima municipal que se nos está yendo de las manos en medio del huracán. Déjenme componer una elegía, sí, por el trenecito que recorría un tramo pequeño pero entrañable del jardín del Turia.

No sabría decir cuándo empezó a funcionar. A lo mejor fue una idea del Ayuntamiento de Clementina Ródenas; una idea nacida del deseo de acercar a los niños una parte del parque, al hilo de la instalación, en los primeros noventa, de ese colosal Gulliver acostado, una figura que hizo Manolo Martín y que incluso los satélites de Google maps reflejan, para orgullo de Valencia.

A lo mejor el trenecito es posterior. Igual nació ya en este siglo, cuando se habían construido esas bagatelas que nos dejaron los años innombrables de Zaplana, Olivas, Paco Camps y Rita Barberá: el Hemisfèric, el Museo de las Ciencias y el Palau de les Arts... Quizá nació cuando el parque llegó hasta el Oceanográfico dando un estirón que todavía nadie ha tenido arrestos para prolongar.

Pero no, no es cosa de historia, ni mucho menos de política. El tren, que era de todos, que todos los partidos han respetado, era un detalle minúsculo de la gran ciudad. Un adorno, un añadido, un mínimo juguete, una romántica ensoñación que humanizaba el músculo de la metrópoli. Ni más ni menos que lo que tienen en sus parques y centros históricos docenas de ciudades de España y del mundo que quieren ser receptivas con el turista y cariñosas con el vecino. Ciudades modernas que no rehúyen el guiño, que no pretenden reprimir la ternura porque entienden lo que son unas horas de convivencia de abuelos y nietos en una mañana de domingo.

Pero los guardianes de esta ciudad tienen otros baremos y dicen que han descubierto que el juguete, con sus cinco kilómetros por hora de velocidad, empezaba a ser molesto para el incesante tráfico de ciclistas y «runners» que invade el parque de la mañana a la noche. Anticuado, trasnochado, fuera de tiempo y contexto, nuestro trenecito sufría el desquiciamiento de lo inclasificable y ya no sabía por cuál de los diez o doce carriles reservados tenía que circular. Reunidos los que saben, estudiado el caso, alguien se levantó como fiscal acusador para decir, de manera concluyente, que bajo la carrocería ficticia de una antigua máquina de vapor el trenecito ocultaba un viejo motor de camión o de tractor, mal homologado y contaminante. El argumento, tomado como definitivo, ha sido la condena a muerte del trenecito municipal.

Mis lágrimas no se contienen. El Ayuntamiento de mi ciudad, después de muchos años, ha decretado el descabello de la ternura, el exilio de la inocencia. ¡Vivan las Magas!

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