Una efeméride confusa y un error simbólico

FERRAN BELDA

El expresidente de la Diputación de Valencia Fernando Giner publica en Esdiario un artículo sobre la celebración oficial del sexto centenario de la Generalidad con el que no puedo estar más de acuerdo. Presentar, viene a decir, como crucial en el devenir de la historia del pueblo valenciano la conversión de la Diputación del General del Reino de Valencia en un órgano permanente en 1418 es rebajar en 180 años el carácter fundacional del 9 de Octubre y en 56 la antigüedad del autogobierno de los valencianos, si a eso vamos y no a un ¡viva yo! Es, en definitiva, poner en danza una efeméride que no aporta más que confusión a quienes todavía se preguntan quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, sin ser Gauguin o Siniestro Total ni estar dispuestos, que es lo peor, a aceptar determinadas respuestas. Un error de planteamiento que, para más inri, no ha venido solo.

Las mentes pensantes de Presidencia quisieron hacer coincidir el aniversario de la regularización de la Diputación del General con un rediseño del distintivo de la Generalidad para lanzar una campaña de propaganda institucional, que es de lo que se trata siempre, y se liaron. Se equivocaron. No sometieron el dichoso logotipo a la consideración del consejo técnico de heráldica, vexilología y distinciones que posee el propio Consell. Y aunque puede que la nueva señal o marca reúna buena parte de las virtudes cardinales (sic) que le adjudica, sin el menor titubeo, el Molt Honorable President; en su opinión aúna «limpieza, fortaleza y memoria». E incluso que sea todo lo moderna que sus reputados diseñadores dicen que es, difícilmente superará alguna barrera, como terció Puig, porque es incorrecta. No representa lo que ellos creen. Y no lo hace porque la corona que figura en esta versión del emblema no es real. Es condal: con puntas rematadas por perlas y sin florones intermedios. Y podremos discutir si El Ceremonioso fue más aragonés que otra cosa. Pero no si fue rey de Aragón, de Valencia y de Mallorca, además de conde de Barcelona y de Ampurias y duque de Atenas y de Neopatria. Y si como tal instituyó la Diputación del General del Reino de Valencia deberá ser una corona real como la que se venía empleando desde 1985, no una corona ducal, la que luzca en su marca. Porque, como se comprenderá, no vamos a estar lamentándonos, sin mucho aspaviento por otra parte, de que nadie esgrimiera los privilegios otorgados por Jaime I y sus sucesores al Cap i al Regne cuando a Isabel II se le ocurrió concederle al general Narváez el ducado de Valencia, y al mismo tiempo aceptar de buen grado esta caprichosa y cara degradación simbólica. Perpetrada, para mayor sarcasmo, por un Consell de lo más nacionalista. Con un ducado de Valencia, que ha llegado hasta nuestros días, no como el de Mallorca, rápidamente reconvertido en ducado de Palma -de Empalmado, según el chocarrero I duque-, deberíamos considerarnos más que servidos.

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