El mal educado

La política no escapa a una tendencia cada vez más presente

La virtud humana de la buena educación aprovecha, inicialmente, a los demás. Como sucede con todas las virtudes, acaba beneficiando a quien la posee, pero inicialmente, quienes disfrutan los beneficios de la persona bien educada son los que la rodean. El bien educado siempre lleva puestos aquellos guantes de terciopelo de que nos habla el adagio y eso es muy de agradecer.

Adquirir buena educación requiere tiempo y esfuerzo, y no siempre depende de uno mismo. Factores como el entorno familiar y social o la pronta formación, son muy importantes, pero el interés de uno mismo ha de dominar sobre todos ellos. No es fácil, sobre todo para el carácter de algunas personas, pero necesario para una buena convivencia. Porque el mal educado, aunque no sea agresivo, agrede, aunque tenga la razón difícilmente le será reconocida y aunque sea atractivo, repele.

Por no haber sabido huir a tiempo, me vi involucrado en una polémica que a mí ni me iba ni me venía. Y cuando acabó agriándose, ya era tarde para marcharme. El tema era intrascendente y los intervinientes personas maduras y bien formadas; pero entre ellas había una que, en lo referente a la educación, 'cojeaba' de ambas piernas. Como, repito, aquello ni me iba ni me venia, pude asistir como espectador imparcial y sacar algunas conclusiones. La primera, lo grande que es el poder desestabilizador de un mal educado en un grupo de personas correctas. En el caso a que me refiero, al cabo de un rato todos acabaron perdiendo los estribos y quien se hubiera acercado al grupo en aquellos momentos, no habría sabido identificar al que 'cojeaba' de poca educación, porque todos habían perdido la suya. La persona mal educada hiere, sin proponérselo, con expresiones como «¿me entiende usted?» en vez de un educado «no sé si me he expresado bien», o «eso lo dirá usted» en vez de «respeto su opinión», y otras muchas por el estilo. Y, sobre todo, con actitudes, gestos y tonos que, sin serlo, los demás tomarán como agresivos. Y eso desencadena la tormenta. Todos tenemos nuestro temperamento y podemos llegar a entender que la buena educación es un 'bajar los brazos', que el de enfrente aprovechará para intentar dejarnos k.o. Y acabamos renunciando a ella.

Afortunadamente, la mala educación suele ser un defecto superficial, «epidérmico», cuyos efectos desaparecen sin mayores consecuencias. En el caso concreto que comento, al poco rato aquel encontronazo verbal, estaba olvidado y todos -el mal educado el primero-, charlaban y bromeaban con naturalidad. En esto, los españoles somos maestros.

Pero hay otra clase de mala educación, no epidérmica, sino síntoma de más profundos sentimientos como la antipatía, el rencor e incluso el odio. Es lamentabilísimo que la democracia, que tantos esperaron en España anhelosamente durante casi cincuenta años, nos haya traido una manifestación inesperada no de mala educación, sino de ausencia de ella. Y no solamente en enfrentamientos en ámbitos como los medios informativos o las redes sociales, sino donde reside la soberanía de la nación, las Cortes. En un sentido práctico, casi comercial, hay que admitir que el Parlamento, las Cortes, son el gran escaparate donde quienes aspiran a dirigir el país muestran sus propuestas para que el pueblo soberano se incline hacia ellas con sus votos.

Y viendo los atuendos, los estilos, las palabras y los gestos de unos, la falta de honradez de otros y el irresponsable partidismo a ultranza de todos, hemos de dirigirnos a Dios: «Señor, ¿pero estos han de ser quienes dirijan a España?». Y acabamos encomendándonos a Él, probablemente el único que, a estas alturas, aun puede arreglarlo.

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