Echávarri tiene tres caminos

J. C. Ferriol
J. C. FERRIOLValencia

Algunas cosas tienen mal arreglo, y eso es una verdad incuestionable, aplicable a todos los ámbitos de la vida. La situación en la que se encuentra el alcalde de Alicante, Gabriel Echávarri, procesado por fraccionar contratos e investigado por el despido de la cuñada del portavoz del PP, le sitúan en esa senda que sólo conduce a la dimisión. Es posible que, en términos penales, ninguna de las dos causas aguantara más allá de medio juicio. Es probable que todos los contratos fraccionados por los que se acusa de prevaricar al dirigente socialista tengan conceptos distintos y estén efectivamente realizados. Es factible que el despido de la cuñada del portavoz popular no revista visos de ilegalidad, toda vez que ocupaba una plaza de asesor cuya contratación y despido son competencia del alcalde. Y pese a todo, Echávarri acumula ya tal desgaste político sobre sus espaldas que no me imagino a nadie jugándose un euro a su continuidad en el cargo más allá de lo que tarde el juzgado en rechazar su último recurso para evitar el banquillo. En contra del alcalde de Alicante juegan los usos y costumbres establecidos la pasada legislatura por la oposición, cuando el PP vio desfilar a cargos y más cargos por los tribunales de justicia. Él mismo no se abstuvo de pedir prisión provisional para Sonia Castedo cuando tenía pendiente declarar por Rabasa, una pieza ya archivada y por la que la exalcaldesa no fue condenada. El argumento de que las causas que afectan a Echávarri son «irregularidades administrativas» resulta una justificación menor. El problema es ya mucho más el desgaste en términos de imagen de la quinta ciudad española, salpicada de nuevo por investigaciones judiciales pese al cambio en la alcaldía. Y eso que el desafío separatista lo tapa todo, porque, de lo contrario, Pedro Sánchez ya habría tenido que dar explicaciones. Y en ese caso sí, Echávarri ya no sería alcalde. Uno observa a Oltra frotarse las manos mientras aprieta para cobrarse la pieza del alcalde socialista -o al conseller Alcaraz tomar carrerilla para optar a la alcaldía en 2019- y no puede evitar recordar ese término que acuñó la líder de Compromís, mestizaje, y pensar que esa simbiosis perfecta entre cargos de uno y otro partido pudo tener cierta venta en los medios, pero no resiste la menor prueba del algodón. Echávarri tiene en contra a los socios de Gobierno, empieza a incomodar en su partido -pese a que confíen en su inocencia- y perjudica la imagen de su ciudad. ¿Qué hacer? Uno puede irse a las bravas, salir a empujones u optar por preparar la marcha. Echávarri sabe que si no sujeta los votos de 15 concejales, el popular Luis Barcala será el próximo alcalde. Si quiere que su partido le recupere si un día tiene todos los frentes judiciales archivados, ya sabe cuál de los tres caminos escoger.

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