DE DULCE A INMENSA

MIKEL PAGOLA ERVITI

Esta quizá fue la mejor mascletá de Aitana en esta plaza. Juan Bautista Mollá Lluch, comenzó con traca valenciana, sin golpeador final pero cumpliendo este protocolario rito: «creo que hace muy bonito porque así la mascletá empieza muy dulce, para ir luego a más», afirmó. Luego vino el inicio aéreo. Primero en el extremo norte (donde la falla) para abrirlo después, en un segundo y más importante tiempo, por toda la plaza, de manera ya moderna, con fuego digitalizado. Entre las varias creaciones que ofreció junto a su socia Isabel Benavent Navarro, debo destacar el acierto de repetir una en concreto: la de ascenso en cortina de volcanes de color en el Ayuntamiento con friso superior, en segundo tiempo, de chicharras (sonidos de rasgar) seguidas de otros tantos volcanes, ahora entre Barcas y Correos, pero ya con una línea de coronación en truenos. Al repetirlo varias veces el público no ducho puede interpretar bien qué se está haciendo, engancharse al asunto al entenderlo, preverlo en el siguiente tiro y, justo en ese punto, parar, antes de que resulte repetitivo. En encontrar este punto medio, como ayer, está la virtud. Para conectar con el público hay que hacerle comprender lo que está pasando, para hacerle partícipe del espectáculo. Unas rodadas muy rápidas y potentes, de truenos eléctricos en el suelo, sirvieron de cierre o marcaje de esa primera parte aérea. En la mascletá terrestre (la 'de cuerdas', porque cuelga de ellas), el aéreo surgía a cada lado, tasado, sin exagerarlo. El terremoto entró natural y estopinado (mecanizado, conectado con mecha en este punto crítico, como debe), y tan sólo con dos ramales: muy osado. O sea, apareció de nuevo cierta dulzura dentro de la gran potencia que se iba a desplegar. Muy bien. La apoteosis aérea, con salvaje bombardeo rubricado en pantallas sucesivas, estuvo bien marcada de nuevo con una clara repetición de ritmos en su justa -pero inmensa- medida. Y la zanjó prácticamente en seco, salvo algún fleco final, con dos fortísimos golpes anillando la plaza en el suelo y con otro último en el aire.

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