Está dulce y fresquita

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

Menú del día, llega la hora del postre y el camarero recita la lista: «Tenemos tarta de chocolate, natillas caseras (¿dónde tienen la vaca?), helados...» Dos de los comensales de la mesa preguntan si hay fruta fresca (qué mérito) y el camarero prosigue la retahíla: «Puede que quede alguna manzana (o sea, vieja), veré si hay algún melocotón (mejor no, si es el sobrero), se han acabado las cerezas y tengo sandía». ¿Es sin pepitas?, pregunta una de las chicas. «Sí, claro, sin pepitas -concluye el otro-, las sandías son sin pepitas». (No siempre, compañero, antaño eran todas con pepitas, las sigue habiendo, aunque son minoría, y las 'sin' que se han impuesto son moda relativamente reciente).

Aclarados los obligados preliminares, se destapa por fin la gran duda que flotaba en el ambiente, salta la gran pregunta que ha de merecer una respuesta definitiva, la que hará caer la balanza del lado previsible. ¿Está buena la sandía?, suelta por fin el más atrevido de la colla, con un tono que evidencia su deseo de que se cumpla la expectativa y tiene a la vez un leve matiz de advertencia, como si lanzara, pero sin decirlo, un '¡ay como me la traiga y no sea de confianza!'

Pero no, el camarero zanjó el asunto con rotundidad y proclamó: «Los que la han comido me han dicho que era buena, está dulce y fresquita». Vuelta al ruedo y ovación. El hombre cumplía.

Ya ven cómo se define al final la cualidad de una sandía: «Está dulce y fresquita». Con eso basta. Pues mira que si llega a estar caliente y amarga. Todavía queda la prueba del nueve, cuando los que han decidido pedir sandía cortan unos trocitos y los ofrecen a los demás, solidariamente, para que no se diga, mientras rematan: «Prueba y verás qué buena». El que entiende algo y recuerda aquellas sandías 'sangre de toro' de piel negra, que crujían al abrirlas, tenían la pulpa de un rojo encendido, no este fucsia aguado de ahora, su tenue aroma y su sabor pleno y refrescante (aunque no hubiera nevera), se ríe para sus adentros y, al probar el trocito que le han ofrecido, asiente, algo turbado, porque no se atreve a decir lo que piensa, pero tampoco está dispuesto a consentir cualquier cosa. Un 'vale' educado, de circunstancias, y ya está.

Dulce y fresquita. Con qué poco nos conformamos. Y luego se quejan de que las sandías están tiradas de precio. Pero ¿hay consumo a lo grande? Si lo hubiera, la demanda sería otra cosa, y los precios en la huerta. ¿No será lo de siempre, que la pérdida de sabor que ha ido aparejada a la abolición genética de las pepitas ha ido deteriorando las apetencias consumidoras? No se fíen de las apariencias al final de un menú del día en jornada laboral. ¿Alguien puede rescatar aquel sabor de antaño? Ya sabemos que el sabor estaba en sandías enormes, no comerciales en el día a día, pero si hicieran la prueba, con pequeñas degustaciones, sabrían de verdad dónde está la diferencia, y el problema. ¿Lo eran las pepitas? ¿Qué es preferible, una pulpa a menudo casi amorfa, que parece un corcho impregnado de agua fresca con algo de esencia de fruta sintética? Seguro que todos preferirían el sabor anténtico, aunque hubiera algunos 'tropezones'. Antes, cuando caía el precio de la sandía, el motivo era que había poco consumo porque el tiempo no acompañaba, aún no apretaba el calor. Pues de eso no se quejarán este verano. Entonces ¿qué?

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