El duende d'orsiano de la cultura

El duende d'orsiano de la cultura
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PEDRO PARICIO AUCEJO

Tres meses antes de que el 12 de mayo de 1932 se incendiara parcialmente el edificio de la Universidad de Valencia, impartió un curso en su Cátedra Luis Vives el pensador catalán Eugenio d'Ors (1881-1954). Fue en febrero de ese año cuando dictó cuatro conferencias generales, de carácter público, sobre varios aspectos del humanismo de Luis Vives y la Ciencia de la Cultura, así como seis lecciones sistemáticas sobre temas de historia y morfología de la cultura y teoría de los estilos, reservadas para los 138 alumnos, catedráticos, profesores e intelectuales de la ciudad inscritos en dicho acontecimiento.

Unos años más tarde, terminada ya la guerra civil española, D'Ors volvió de nuevo a nuestra región, en este caso para intervenir en tierra alicantina y desempeñando otra misión. Fue en Elche, donde realizó una gran campaña de valoración del 'Misteri' y promoción de la universalización de la 'Festa', patrocinando y prologando una espléndida edición del texto literario del famoso auto religioso musical.

Son dos aspectos diferentes de la gigantesca obra que llevó a cabo este centinela de la cultura durante toda la primera mitad del siglo XX, desde 1904 hasta 1954. En su hazaña intelectual, que -como ensayista, glosador, crítico de literatura y arte, narrador...- gravitó sobre todas las expresiones culturales de su tiempo, desplegó una intensa función educadora, con la creación y gobierno de instituciones y programas culturales, el ejercicio de un magisterio itinerante y la publicación constante en periódicos y libros. Con esta vasta operación didáctica -estudiada magistralmente por el académico Guillermo Díaz-Plaja (1909-1984)- irradió normas de civilidad a todo el ámbito peninsular e hispanoamericano, donde impulsó una gran escuela de renovación intelectual.

Buena parte de esta pedagogía cultural -desde el primer escrito hasta el último, elaborado pocas horas antes de morir- la plasmó D'Ors en las páginas de la prensa periódica, lo que obligó a que su actividad reflexiva estuviese conectada con la realidad sociológica y la vitalidad multitudinaria de cada día. Todo su pensamiento puede espigarse en lo que Díaz-Plaja denominó «herbario incalculable de sus glosas». Pero el denominador común de todas aquellas tareas -de contemplación y de acción- es que fueron recogidas por su creador bajo una única rúbrica: 'heliomaquia' o combate por la luz. Esta etiqueta resume la actitud mediante la que, con el juego de valores complementarios que emergen en el campo de la Cultura, intentó D'Ors superar la antítesis entre tradición e ilustración, pues en aquella se darían unos factores constantes que propiciarían la solidaridad de todos los siglos en el tiempo y la comunión de todos los pueblos en el espacio.

Me entusiasma esta concepción universal de la cultura en su doble dimensión espacio-temporal. Me asombra la potencia del encanto d´orsiano por ella, el alcance de su actividad intelectual, la lucha por la expresión de ese duende interior que quemaba la sangre de su inteligencia y sin el que no es posible la comunicación de emociones auténticas ni el acierto en la verdad. Pero, sobre todo, su perspectiva despierta en mí la atracción por el compromiso vital de contribuir a la mejora integral de unas condiciones de vida que hagan posible a la humanidad el libre goce de los frutos de la cultura, que atenúen la agonía de su alma insatisfecha, que le hagan visible la grandeza de la que está constituida la vida, que le despierten la conciencia de su dignidad y que, logrando que el hombre sea cada vez más hombre, le capaciten para vivir en plenitud.

No puede ser de otra manera, si toda tarea cultural tiene como fin último la interpretación de la vida por medio del talento humano. Puesto que la existencia resulta problemática, el mundo se presenta a todo hombre sensato como una cuestión que es preciso resolver. Desde este supuesto, la misión de la cultura es contribuir al esclarecimiento, explicación y solución de dicho asunto. Es así como se comprende la propuesta orteguiana de agradecimiento hacia quien es capaz de aportar ideas, pues el que da una idea 'da vida', ya que suministra un nuevo instrumento con el que abrir una porción del mundo antes inaccesible y, al ampliar la visión que se tiene de él, aumentar así la vida.

Si esto es así, toda labor de cultura lo es de reflexión y actuación sobre la vida, de conocimiento de su realidad y de intervención sobre ella para conservar y enriquecer lo más valioso y superar lo imperfecto. Desde esta perspectiva, la cultura debe hacer mejores a los hombres y capaces de afrontar con responsabilidad las innumerables dificultades que en cada momento presenta la existencia: debe hacerlos más buenos, más justos, más libres, más solidarios, más sensibles al amor, a la belleza y a todo cuanto de estimable hay en la vida. Supone -como existencialmente encarnara Eugenio d'Ors- una 'heliomaquia', una actitud de combate por la luz, en la que cada persona ha de llevar una auténtica lucha por poseerse a sí mismo y, cuando todo pase (pompas, vanidades, nombradía, oscuridad, dulzura y dolor de las horas), alcanzar así su 'Obra-Bien-Hecha', lo único que le será en verdad contado.

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