DEL DUCADOS AL MARLBORO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Un castizo desflecado, verdadera mosca de bar enganchada al carajillo, perfectamente acoplado contra la barra de un bar me soltó una de esas sentencias inolvidables hace muchos años: «Pasar del Ducados al Marlboro es muy fácil; pero lo contrario es casi imposible...» Lo bueno es que pronunció la frase sin que nadie le preguntase. Los filósofos de bar de barrio son así, espontáneos, certeros y disparatados.

Me persigue aquel patatero aforismo suyo ahora que Ada Colau camina sobre el legamoso suelo de la tierra de nadie en esto del referéndum. Su corazón se decanta hacia las urnas pero sospechamos que su bolsillo le tapona el ímpetu independentista. Desobedecer la ley acaso supone recibir una inhabilitación que la dejaría sin cargo y sin la jugosa nómina. Un desastre, claro. O mejor aún, una putada del siete. De Ada Colau se sabe que intentó colocarse como actriz de reparto en teleseries de esas españolísimas y familiares, algo tontorronas, de las que alimentan la modorra nocturna. No tuvo éxito. Sin embargo, esto del disfraz oportuno para adoptar otras personalidades la hechizó, de ahí que crease el personaje de una superheroína vestida de todo a cien que irrumpía por aquí y por allá en plan justiciera. Adquirió fama, no lo negamos, y se afianzó al frente de la plataforma contra los desahucios. Luego abrazó la política y gracias a un frente común consiguió el cargo de alcaldesa de Barcelona, nada menos. Acostumbrarse al sueldazo, al coche oficial, al mando, a las reuniones de alto copete, a lo de dirigir una ciudad importante, no es moco de pavo. Necesita un precioso malabarismo para conservar la poltrona y quedar bien con lo que le exige el cuerpo. Está en ello y a lo mejor, cuando se publiquen estas líneas, ya ha logrado la fórmula mágica. Ada se ha acostumbrado al Marlboro y ahora sufre.

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