Dogmas que sobreviven en educación

PABLO ROVIRADELEGADO DEL PERIÓDICO MAGISTERIO EN LA COMUNITAT

Hay dos dogmas educativos asociados a las ideologías de difícil derrumbe, a diestra y siniestra; es ponerlos en duda y se activan las alarmas de partido. Y así vamos, arrastrando sus consecuencias, muros de papel que imposibilitan los acuerdos educativos más técnicos.

Decía, en la derecha -por simplificar- está el dogma de la repetición y en la izquierda el de la comprensividad. Que el que suspende es porque no se esfuerza y que el listón tiene que ser igual en toda la Obligatoria. Somos líderes en repetición, en fracaso y en abandono, pero da igual. Es la herencia ideológica de la Logse que todavía permanece: una izquierda que defiende el camino único hasta los 16 y una derecha que hizo de su oposición a la promoción automática su bandera. Han pasado tres leyes (LOCE, LOE, LOMCE) pero las ideologías mantienen sus discursos en estas dos materias.

Contra ambos dogmas colisionó la propuesta, a título personal, del secretario autonómico Miguel Soler en la subcomisión que aborda el Pacto por la Educación en el Senado: eliminar la repetición y una ESO y un Bachillerato de tres años. Lo curioso, que estas mismas propuestas se han oído años atrás a dirigentes del Partido Popular. Incluso más agresivas, como la de hacer desaparecer el título de la ESO. Es decir, hay puntos de encuentro educativo, pero el foco no está en esos puntos, por lo que pasan desapercibidos.

Sobre la repetición, el error es hacerla equivalente a la exigencia. Sí, debiera ser, pero no lo es cuando alcanza una prevalencia del 40% de nuestro alumnado. Si fuera lo mismo, si tal grado de repetición se diera por el nivel de excelencia académica exigido, el rendimiento educativo de ese 60% de aprobados a curso limpio no tendría ni parangón en los países asiáticos. Sería un sistema selectivo y de élites. Hay quien dice que justo es eso, en término peyorativo: una inercia selectiva desde la escuela de minorías del franquismo que no ha sabido adaptarse a su generalización.

Sin decir lo anterior, es evidente que una escuela que es obligatoria y pretende ser universal no casa con tales índices de repetición. Más porque no se debe a ese supuesto nivel de exigencia. Me atrevo a dar otras razones: la inercia histórica escolar, la desinhibición de Primaria como si las causas de tanta repetición estuvieran en exclusiva en Secundaria y la 'Bachilleratización' a edades muy tempranas, con una ESO -número de asignaturas y profesores, costumbres, recintos y funcionamiento- espejo de una etapa postobligatoria.

Son llamativos al respecto los datos que publicó este periódico hace unos días en los que se veía que la repetición de curso en la Comunitat Valenciana ronda el 40% desde 1992. Desde entonces, ha pasado de todo: los 15 años han pasado de ser escolarización voluntaria a obligatoria, la Logse extendió la promoción automática, la LOCE introdujo la repetición en primero de la ESO, y LOE y LOMCE profundizaron en los itinerarios diferenciados. En tantas situaciones dispares, la repetición ha permanecido inalterable.

Y precisamente los itinerarios entroncan con el otro gran dogma, éste desde el otro lado del espectro ideológico, que cuesta derruir. En este terreno, desde aquellos programas de Garantía Social que no llevaban a nada, algo más se ha avanzado, pero el sistema sigue esperando a que el alumno repita para intervenir. Y continúa pensándose que separar es segregar y por ende discriminar, y así tanto bienpensante ha alimentado el fracaso escolar que es lo más discriminador que existe, pues condiciona a tan temprana edad el desarrollo laboral y en consecuencia el personal para el resto de la vida.

El ministro Wert en la pasada legislatura puso sobre la mesa la extensión a un tercer año del Bachillerato, lo mismo -aunque la referencia a Wert para muchos suene nefanda- que ahora Soler en el Senado. Un esquema tres más tres que adelantara estructuralmente lo que ya pasa en la realidad pero sin coste personal para el alumno: que un cuarto de alumnos no termina 4º de ESO, y que el resto se reparte hacia la FP y el Bachillerato. A esto añadiría otra medida encaminada a generalizar la enseñanza hasta los 18 años que sería la extensión del concepto de escolarización, de tal forma que la inserción laboral temprana a los 16 años fuera fundamentalmente por la vía de las modalidades formativas de contratación. ¿Empresas y Educación? Sí, quizás choquemos con algún otro dogma escolar.

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