DOBLE MORAL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Aquel camarero del bar favorito de Humphrey Bogart demostró ácida percepción cuando le preguntaron por el actor: «Bogart era un tipo estupendo hasta que a la cuarta copa se creía Bogart, entonces se transformaba en alguien insoportable». A Bono (el cantante de U2, digo, no el político) le sucede un poco lo mismo, mientras canta, pues oye, pues vale, pues bien, pero cuando muta en mesías salvador y se dedica sermonear mediante severa tabarra para erradicar los males del mundo no lo soporta ni su padre. En efecto, propinar pomposos sermones al prójimo suele espantarnos porque ya somos mayorcitos, pero si encima el señor que lanza las homilías resulta que apalanca suculenta calderilla en paraísos fiscales, el asunto nos irrita. Mire usted, o lo uno o lo otro. Si usted nos abrasa con su verbo al menos no tenga la desfachatez de practicar doble moral. Puedo entender que los multimillonarios escondan sus dineros en covachuelas pespunteadas de cocoteros y alfombradas por arena blanca y fina. Hasta cierto punto se me antoja lícito que preserven su oro de las incertidumbres que nos sacuden, pero al menos y como mínimo les pedimos una actitud digna, alejada del adoctrinamiento. Bono lleva años luciendo actitud santurrona porque su estatus de estrella universal se le subió a la cabeza y se empeñó en redimirnos de nuestros pecados consumistas. El verdadero rock representa dinamita, tralla, faltadas, gamberrismo, egoísmo y ese tonillo chulesco que coloca a sus artistas en el otro lado de la orilla, en esa dimensión más allá de la normalidad algo vulgar que jalona nuestras existencias de curriquis madrugadores. Si las celebridades de la farándula eléctrica muestran sus deseos pseudomísticos como autores de manuales de autoayuda, el invento se resiente y no les perdonamos.

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