El disfraz de Puigdemont

Arsénico por diversión

Carnaval es una ocasión más para que Zoido busque con ahínco al niño perdido y hallado en Copenhague

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Ya tengo disfraz para Carnaval. En realidad, no lo buscaba pero, con estos fríos, no hay quien me quite el jersey de cuello alto desde que me levanto hasta que me acuesto. Resultó, pues, que me puse a limpiar la casa y para no ensuciarme cogí lo primero que pillé: una camiseta blanca vieja sobre el jersey. Y ¡voilà! De pronto me vi reflejada en un cristal: las mangas negras asomando por debajo de las cortas, el pelo arremolinado en flequillo sobre la frente y un gesto de enfado a lo 'Rosy, the riveter', harta de tanto frotar. ¡Me había vestido de Ana Gabriel! A punto estuve de salir a la calle y reivindicar la independencia de Russafa.

Whisky, mientras tanto, huía de la aspiradora de habitación en habitación y murmuraba no sé qué de «yo soy tabarnés, tabarnés, tabarnés» pero no quise escucharle. Para referendos estaba yo. Bastante tiene con que no lo disfrazo a pesar de los anuncios de propuestas para mascotas que me llegan en estos días: de Darth Vader, de Angry Bird, de Spiderman y hasta de Minion. Con su pelazo largo, estoy por ponerle unas gafas y salir de indepes los dos a confundirnos por las calles de Bruselas.

De hecho, el Carnaval es una ocasión más para que Zoido busque con ahínco al niño perdido y hallado en Copenhague no solo en papeleras, alcantarillas y maleteros de coches en la frontera y en túneles oscuros, sino también en dragones chinos, gigantes y cabezudos o bailarinas de samba con ritmo caribeño, aunque en este último caso, creo que notaríamos algo si Puigdemont intentara mimetizarse hasta llegar al Parlament. Las gafas, que resultan demasiado intelectuales para llevar el ritmo de Copacabana. Si espectacular hubiera sido su llegada sobre el camello vestido de Rey Mago o saliendo de la tarta de su propio cumpleaños, hace hoy un mes, no quiero ni pensar lo que sería verlo aparecer como Reina Belluga en una carroza del Carnestoltes de la Ciudad Condal.

En cualquier caso, mañana saldremos de dudas respecto a si tenemos sesión carnavalesca en Barcelona o simplemente, martes de ceniza, con el que empezar la penitencia del expresident. Lo decía Tardá ayer muy en el papel de vísperas cuaresmales: más vale que muera un hombre a sacrificar a un pueblo. En su caso, «si es necesario habrá que pensar en sacrificar a Puigdemont» (sic). Si eso lo piensan sus aliados de ERC, no habrá disfraz de Angry Bird que le ayude a recuperar la Generalitat. Podrá reclamar y patalear pero si ERC ya lo da por amortizado, pocas opciones tiene de futuro. Siempre le quedará Bruselas, pero en cuanto haya otro sentado en su despacho, es cuestión de tiempo que hasta los sentimentales se olviden de él. De momento su careta es una de los más buscadas por algunos en Cataluña. Yo me quedo con el disfraz de indepe que entre el jersey, las dos mangas y el flequillo, no paso nada de frío. Whisky ha escrito 'caseta independiente' en la pared. Tendré que mandar a Piolín.

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