Dios y su jefe de prensa

No me extraña la sintonía que Navarro Valls tuvo con el papa Juan Pablo II

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Si Joaquín Navarro Valls leyera esta columna, no querría ver panegíricos huecos ni llantos lastimeros. No me vería en ella. Poco importa que la amistad haya dejado el corazón roto y escondido en un rincón para llorar en silencio. Si algo teníamos en común era el gusto por el humor refinado; él reía con mis bromas y a mí me encantaba su sutil ironía de gentleman. Por eso, porque un caballero merece la despedida de una dama, guardaré el pañuelo de encaje en un cajón y evitaré el berrinche en público.

Éste no es uno de los miles de artículos que estos días escriben quienes le conocieron, que son incontables, para presumir de haberle tratado. O tal vez sí. No lo sé. Yo presumo de amigos, no de conocidos famosos. Y haberle tratado a él no es un lujo dado su papel al frente de la Sala Stampa del Vaticano y sus extraordinarias habilidades sociales. No me pavonearé, pues, de ser una de los millones de personas que en algún momento estrecharon la mano del antiguo portavoz del Papa. Seríamos demasiados pavos en muy poco espacio. En cualquier caso, lo mejor no fue conocer a un gran personaje, sino tratar a la persona que sustentaba el personaje.

Si de algo puedo enorgullecerme es de haberle hecho reír. El momento en que nos conocimos no fue especialmente divertido. Acababa de morir Juan Pablo II y mi universidad le propuso para el doctorado Honoris Causa, de modo que tuve que leer sus méritos en un solemne acto académico. Era todo muy serio, muy grave y con mucha pompa y circunstancia. Fue luego, meses más tarde, cuando empezó a descubrir mi socarronería valenciana y yo, su capacidad para seguirme la broma. Se produjo entonces esa chispa que vincula a dos inteligencias que hablan con las mismas claves y se reconocen en un espacio común poco frecuentado a diario. Si yo entraba seria en su despacho porque me imponían él y sus circunstancias, enseguida llevaba la conversación hacia un tono jovial que le rejuvenecía. Y desataba mi mordacidad. No me extraña la sintonía que tuvo con Juan Pablo II, otro defensor de que Dios debe de tener mucho sentido del humor. Y estoy convencida de que es así. Sin embargo, nunca se quedó en mero debate intelectual. Había mucho de humano en esa esgrima dialéctica. Tan humano que me sorprendía estar abroncando al portavoz vaticano por trabajar también los sábados. Quizás por eso él 'amenazaba' con enviarme a las mazmorras vaticanas, plenamente operativas desde que la sátira mediterránea aterrizara por allí.

Ahora habrá quien lo imagine ejerciendo de portavoz del mismo Dios pero los que le conocen de cerca saben que ya lo hizo en vida. Es lo propio de un creyente sólido, aunque tradicionalmente a la comunicación corporativa de la bondad de Dios se le llame 'testimonio'. Dan fe quienes se convirtieron gracias a su intervención. Por eso, desde ahora, cuando le hable ya no me despediré con «un abrazo», como siempre, sino con un «amén».

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