La dignidad de la política

JOSÉ M. DE AREILZA

He tenido la suerte de participar esta semana en dos debates con Michael Ignatieff en Aspen Institute España, una inyección de optimismo muy recomendable. Ignatieff es conocido por su trabajo intelectual, como historiador de las ideas y estudioso de la democracia, pero también por haberse lanzado en 2006 al ruedo de la política canadiense y cosechar un estrepitoso fracaso. De vuelta a su actividad docente entre Toronto y Harvard, escribió el libro 'Fuego y cenizas', un relato apasionante sobre este intento fallido de llegar a primer ministro. Aprendió durante cinco años de campañas electorales y batallas políticas que solo hay algo peor que no conseguir llegar al poder, no haberlo intentado. Para él la política es la actividad más importante y noble a la que puede dedicarse el ser humano, «la capacidad de hacer el bien a muchísimas personas que no sabes quienes son». Al mismo tiempo, reivindica el contacto uno a uno con los electores, el diálogo sereno y paciente con los que no piensan como uno, la obligación moral de buscar y fabricar consensos, en especial en los momentos en los que los puentes entre distintas opciones ideológicas parecen rotos. Experimentó cómo su país se acercaba al precipicio de la secesión de uno de sus territorios, Quebec, y aprendió el valor de la apuesta por la unidad y la diversidad, sin negar los símbolos y las emociones de ninguno de los participantes en esta contienda existencial.

En este momento de cambio y agitación global, con el ascenso de movimientos populistas en la mayor parte de los países occidentales, es fácil culpar de todo a los políticos y denostar su trabajo. Sin embargo, Ignatieff sostiene que es más necesario que nunca valorar a los representantes democráticos de los ciudadanos. Ellos tienen la responsabilidad de negociar para encontrar un relato coherente sobre cómo hacer frente a los retos combinados de la globalización económica, las migraciones masivas, la revolución tecnológica y las amenazas a la seguridad. La tentación de despreciar a los políticos e incluso pensar que son prescindibles, gracias a que las redes sociales nos permiten convertirnos en activistas por mil causas, tiene consecuencias nefastas. La deliberación para resolver los problemas económicos y sociales solo es posible con tiempo y sosiego, advierte el lúcido profesor canadiense. En los últimos años, Michael Ignatieff ha vuelto a empeñarse en otra gesta política, esta vez no buscada. Como rector de la Universidad Central Europea en Budapest tiene que hacer frente al acoso del gobierno autoritario de Viktor Orban, dispuesto a cerrar esta institución académica. El riesgo de proliferación de democracias no liberales es cada vez mayor dentro de la propia Unión Europea, con la sustitución de los equilibrios constitucionales entre la mayoría y las minorías por el liderazgo de hombres fuertes. La obra y el ejemplo personal de Ignatieff animan a batallar por el ideal democrático de vivir libres juntos.

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