DIÁLOGO Y MONÓLOGO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Empiezo a creer que a lo mejor el diálogo está sobrevalorado. Pero puedo equivocarme, seguro que sí, por eso insisto en ese «a lo mejor». Y es que, de repente, ante cualquier atropello, ante cualquier abuso, entonamos el mantra del diálogo como si con algunos ceporros o algunos fanáticos lo de dialogar empleando tonillo mansurrón supusiese garantía de éxito. Con Hitler mira que intentaron dialogar, pero el del bigotillo chaplinesco siempre se tomó las ansias de diálogo como evidente prueba de debllidad y la acabó liando parda. Lo malo del diálogo es que, en ocasiones, enfrente sólo nos topamos con mendas que prefiere el monólogo, o sea la exclusividad parlanchina para imponer su opinión. Ante esa suerte de inmenso grano en el culo de España que es Gibraltar, de nuevo, apelamos al diálogo. Lástima que Inglaterra no esté por esa labor. Con China sí dialogaron y conversaron mucho acerca de Hong-Kong. Y lo devolvieron porque China, esa superpotencia, ese enorme mercado, se impuso gracias a su anabolizado músculo. Como los bíceps españoles, comparados con los chinos, lucen más raquíticos, por mucho que dialoguemos con Inglaterra el resultado será el habitual, el de cero patatero. Claro que tampoco podemos hacer otra cosa. Con los independentistas catalanes también sorprende la cantidad de personas abogando en favor del diálogo. ¿Y qué vamos a dialogar? Los secesionistas lo dejan muy claro y no engañan a nadie, ellos pretenden la independencia y sólo dialogarán sobre sus términos. De nuevo, en realidad, asistimos a otro monólogo camuflado bajo la bandera de las barras y la estrella. Con los hijos algunas almas cándidas apuntaban hacia el diálogo, hoy se ha demostrado que esto equivale al fracaso. Los padres mandan, con sensatez, y los pequeñuelo obedecen. El diálogo no es el curalotodo universal.

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