Que devuelvan los regalos

VICENTE LLADRÓ

Aquella boda a la que fuimos hace ahora dos años y pico, ha quedado pronto en ruptura; los contrayentes se han separado, según hemos sabido por noticias divulgadas en radio macuto (familiares intermedios), y van camino de divorcio. Además, de forma poco amistosa. Parece que se han tirado los trastos a la cabeza. Que no serían tan trastos, con el poco tiempo transcurridos. Muchos seguro que eran regalos ilusionados que les llegaron con motivo de la boda. Tal vez estuvieran aún en garantía. Igual se han roto si los enfados acumulados han eclosionado en malos modos. Lo peor fue el calor, comenta un amigo que también estuvo en la celebración nupcial y se tragó las ocho horas y pico de ceremonia, cervecitas y copichuelas, ágape (prefabricado) y gin tónics con risas a gogó. Sí, es cierto, sufrimos una sudada histórica. Fue uno de los días más fuertes de aquel verano; daba ganas de desvestirse y lanzarse al estanque del jardín en aquella masía naranjera reconvertida en lustrosa sede para eventos. Y el discurso moralizante del concejal, recuerda otro. Aquello sí que fue insufrible. El oficiante laico se creyó en el papel de un cura y acabó metiendo más rollo que en las iglesias, adónde va a parar. Esquivan la cosa religiosa y acaban derivando en secuencias más plastas. En suma, tanto sacrificio (calor insufrible, largas horas de aguante, regalos...) para terminar en ruptura. De haberlo sabido hubiéramos renunciado a tal trance. Te entra como un aire de frustración: total ¿para qué? Y encima no nos lo anuncian -apunta el que recuerda con mayor sentimiento la 'paliza' de la homilia laica del concejal-; se debería convocar igual a los invitados para darles la novedad; al menos si aún no han pasado cinco años, y devolver los regalos, como ocurre con las subvenciones oficiales. Se lo pensarían más veces.

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