La despedida de Usain Bolt

La cantina

El mejor velocista de la historia deja el atletismo cediendo su corona. ¿Y qué más da? Él ya estaba en el Olimpo

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Hubo quien pensó que Usain Bolt traicionaría a su palabra y acabaría desertando en el último momento en vez de despedirse, como había anunciado en los Juegos de Río, en el Mundial de Londres. Había indicios. Sus escasísimas apariciones esta temporada. O sus serios problemas para bajar de los diez segundos en los 100 metros, una broma para alguien que ha firmado siete de las diez mejores marcas de la historia y que regaló ese registro futurista, esos 9.58 que son un récord del mundo intocable (de momento). O que llegara a vetar en una carrera al canadiense De Grasse para llegar inmaculado a Londres. Por todo eso algunos imaginaron que Bolt, consciente de que la derrota era una opción poderosa, podría acabar renunciando al Mundial.

Como si Bolt necesitase demostrar algo. Como si al Rayo le faltase una medalla de oro más para vete tú a saber qué. Bolt ya hacía muchas noches que era inmortal. Desde el verano de Río y aquellos éxitos en los 100 y los 200 ya disfrutaba de su sitio en el Olimpo del deporte.

Una leyenda.

Desde los Juegos de Pekín, en 2008, el jamaicano ha sido el más rápido, el que más medallas de oro ha ganado y el más 'cool'. Bolt mola. Y por eso, en pleno retroceso de un deporte como el atletismo, este velocista altísimo de espalda retorcida llegaba a todo el mundo. Cuando los atletas eran cada año más desconocidos entre el público, Bolt era cada vez un poco más famoso.

Tanto, tanto, que llegó un día en el que Bolt se zampó todo el atletismo. Su sombra era tan grande que acabaron por desaparecer Rudisha, Lavillenie, Allyson Felix y quien se pusiera por delante, por magníficas que fueran sus gestas.

Soy de los que piensan que Bolt ha sido muy bueno para él y no tanto para el atletismo. Aunque mi ingenuidad puede confundirme y, en realidad, sin él tampoco hubieran emergido a la superficie los otros fenómenos de este gran deporte.

Con el tiempo se irán olvidando sus proezas en Nueva York, Pekín, Berlín, Londres o Río, aparecerá un día en los tacos de salida un nuevo prodigio capaz de correr los 100 metros en menos de 9.58 y los 200 en menos de 19.19., y hasta se volverá borroso su gesto triunfal, único, como si fuera un arquero, que también sirvió para distinguirse del rebaño atlético.

Dentro de unas cuantas décadas habrá que hacer arqueología periodística para recordar con más nitidez quién era tiarrón jamaicano capaz de ponerse a bailar 'dancehall' en la pista de la misma forma que ahora rebuscamos, con esa obsesión de reportero por hallar un dato más, una curiosidad nueva, el paso de Jesse Owens por el Berlín olímpico de Adolf Hitler, quien, por cierto, dio un impulso al olimpismo.

Y quizá algún día un escritor se despertará en su apartamento de París y decidirá novelar su vida, como hizo el francés Jean Echenoz con el checoslovaco Emil Zatopek -'La locomotora humana'- en esa fantástica obra titulada 'Correr' (editorial Anagrama). O alguien decidirá estudiar con lupa los vídeos de sus carreras como hace el aficionado donostiarra Juan Carlos Hernández con el salto de 8,90 de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México 68.

Anoche debió ponerle el lazo a su singladura atlética con el relevo de 4x100. No sé si ganó o no. ¡Qué mas da! Como tampoco me importa si Ruth Beitia dio la sorpresa y a pesar de su horrenda temporada subió al podio en el salto de altura. La carrera de la cántabra ya es redonda y sí, hubiese estado muy bien rematarla con el oro mundial, el único que falta en el palmarés de la campeona olímpica. Pero ya es la mejor atleta española de la historia.

Su marcha, la del dios Bolt, la de Ruth, cuando llegue, dan un poco de vértigo. ¿Qué sucederá cuando el mundo, cuando España, pierda a su gran referente? Algo hemos podido ver esta semana en Londres. Ha sido un Mundial discreto y loco a la vez. Las marcas han defraudado pero las carreras, especialmente, han sido muy vistosas y han colocado inesperadamente a europeos como Guliyev, Bosse o Warlhom en lo alto del podio.

Ahora se especula con que si Bolt, que ha corrido en Londres con una zapatilla púrpura y otra dorada -menos sorprendentes que las 'babuchas' de oro de Michael Johnson en Atlanta 96-, herido en su orgullo, dicen, no volverá a las pistas para despedirse como campeón. Y yo repito lo mismo: ¿Alguien cree que Bolt necesita un triunfo más?

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