La despedida de Miguel

LA CANTINA

Su irrupción en el trinquete fue la sensación del momento. Les faltó vestirlo de santo y sacarlo en procesión

FERNANDO MIÑANA

Recuerdo perfectamente la época en la que Miguel de Petrer irrumpió en la pilota. No era el momento más álgido de este deporte, ni de lejos, y la llegada de un nuevo jugador, una nueva figura, avivó la esperanza de los feligreses. Como esos días de playa que entras en el coche con un calor asfixiante, enciendes el aire acondicionado y de repente notas el fresco abrazándote. Un mirlo blanco había llegado desde el sur.

No tuvo que ser fácil para el chaval soportar aquella pesada carga, la eterna herencia de convertirse en el sucesor del Genovés que década a década se transfieren unos a otros de manera irremediable, pues nadie habrá que aúne el talento, la potencia y el carisma de Paco Cabanes, la leyenda entre las leyendas.

A Miguel, poco más que un adolescente, intentaron vestirlo de santo y sacarlo en las procesiones. Trataron de endosarle un nombre artístico que no había pedido y un estatus que ni merecía aún ni tenía por qué soportar. Él simplemente era un chico educado, de buenos modales, que se vestía de blanco, entraba a la cancha y soltaba aquel 'carxot' demoledor. Fue la sensación, sí, y se lo rifaron en todos los trinquetes, pero había que darle tiempo.

De aquello ya ha llovido. Tanto que aquel chaval se hizo mayor, completó una carrera notable y hace unos días anunció que lo dejaba. Se quitaba la 'faixa' para entregarse a nuevos retos vitales. Tiene 38 años y después de una temporada con tres roturas musculares, de darse cuenta que solo ha podido seguir ese baile pendular de la pelota de vaqueta un par de meses, ha concluido que aquello había dejado de compensar, que ya estaba harto de tanto coche, de veinte años recorriendo la Comunitat en cuatro ruedas, y que el cuerpo pedía parar, abrazar a su hija de tres años y focalizar sus esfuerzos en lograr una plaza de bombero.

Miguel se acordó en su despedida de Paco Amores, una figura capital en su vida. El resto de Petrer perdió a su padre muy joven por culpa de un cáncer y este empresario se volcó con él. Por las mañanas le daba un empleo en su fábrica de bolsos y por la tarde se lo subía al coche y ponía rumbo al norte para jugar a pilota.

El chaval se formó en la escuela de tecnificación que dirigía el Genovés. Así que salían al alba de Petrer, llegaban a Genovés y con Paco y su hijo Jose Cabanes se marchaban a L'Eliana. Cuando estaban acabando, María Luisa empezaba a hacer la paella y a mediodía todos se reunían en Genovés para disfrutar del arroz. Después, los dos Pacos hacían larga la sobremesa y los chavales cogían la moto y se iban a fumar a escondidas y «a hacer maldades propias de la edad», como me explicaba, ya adulto, ya un hombre formal, Genovés II.

Igual que recuerda aquella primera participación de Miguel en el Individual, aquella partida en el trinquete de Alzira frente a Rovira en la que, pese a perder frente a un buen manomanista, dejó impresionado al público. Aquella fue su presentación en sociedad, la partida que empezó a alimentar el runrún, el mito de que al fin había llegado el elegido.

Paco Amores nunca le falló. Y ya fuera lunes, miércoles o domingo, lloviera o hiciera frío, su coche siempre estaba preparado, con el depósito lleno y la puerta abierta esperándole para conducirle a un nuevo sueño.

Miguel aprendió del más grande y siempre le guardará gratitud. Ahora que Paco está enfermo, que su hijo está triste y su mujer asustada es el momento de llevar algo de calor al hogar. Romper la pesadumbre recordando los años de maestro y pupilo, de aquella partida en la que... y mil anécdotas que deja este hermoso juego. El destino, siempre caprichoso, ha hecho coincidir el adiós de Miguel con la llegada a su primera final del Circuit de Francés, otro chico de Petrer que ha llegado a lo más alto de la escala i corda. Francés, frío como un iceberg, está para recordar que el sur siempre ha existido. Y que después de Miguel llegó él.

Aunque nadie debe fiarse de las apariencias. Miguel, con su cara de 'bon xic', tenía mucho carácter y algunos todavía recuerdan el día que se plantó y dijo que no jugaba porque no le pagaban lo prometido. Aquello se maquilló como pudo, pero lo cierto es que Miguel se negó a jugar. Nunca dejó de pelear, por mejorar física y técnicamente. ¿Recompensó la pilota ese esfuerzo? Como dice Genovés II, «hacemos lo que nos apasiona y encima nos pagan por ello. Ya está bien, ¿no?». Pues eso.

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