Desolados

CÉSAR GAVELA

Los simpatizantes del secesionismo catalán que ocupan despachos en la administración valenciana están muy tristes últimamente. Tanto es así que algunos hasta se atreven a lanzar por las redes sociales verdaderos dicterios contra el estado de derecho. Frases no solo injustas e incendiarias, sino también muy toscamente redactadas.

Estaban muy emocionados esos políticos últimamente, y no siempre lo podían disimular. El proceso totalitario que pusieron en marcha Artur Mas, Puigdemont, Junqueras, la señora Forcadell y otros personajes, algunos ya en la cárcel, encandiló a los amorosos colegas del sur. A esos políticos que han viajado con mucha frecuencia a Cataluña en los fines de semana, con insana envidia, tal vez para impregnarse de las infinitas estrategias que el nacionalismo catalán ha ido perfeccionando desde que Jordi Pujol llegó al Palau de la Generalitat, hace ya 37 años. Y que ahora, después de largas décadas de manipulación y adoctrinamiento, y de ocupación de todos los espacios de la vida social, constituyen la mejor máquina de mentira y propaganda de toda Europa. Un ejemplo para Nicolás Maduro, y quien sabe si también para el mismísimo Vladimir Putin. Sin descartar el interés que pueda tener en el tema el coreano Kim jong-un.

Algunos de esos políticos valencianos parecían estar convencidos de que Cataluña iba a lograr la independencia. Y daba la impresión de que les importaba muy poco que el sueño -pesadilla- separatista se llevara a cabo contra toda cordura, y con menos del 50 por ciento de los votos. Ahora bien, el Estado ha empezado a actuar, con toda su razón democrática, y quienes llevaban la iniciativa con sus ilegalidades, escraches y griteríos, empiezan a no ganar para disgustos. Fruto de ese severo contratiempo, un político que tuvo la desvergüenza de burlarse de la enfermedad que padece el anterior presidente Zaplana, tampoco tuvo empacho en arremeter contra el entramado constitucional de España incurriendo en inefables injurias. Pues bien, ese señor es uno de los dirigentes que nos gobierna a los valencianos. Y que se sepa, no lo han cesado todavía.

A medida que el PSOE se ha ido involucrando más en la defensa de la Constitución y en la crítica a las tropelías del secesionismo, más visible es el río que divide los dos territorios del Consell: el de los que defienden la legalidad y la democracia, y el de los que ven con benevolencia el golpe de estado secesionista que ya afronta sus últimas jornadas de vida en Cataluña. Por ahora. Y que lo hace después de cinco años insufribles, cuajados de deslealtades, falacias y adoctrinamientos que han causado mucho daño en la ciudadanía, mucho desánimo, hartazgo y división.

No corren los mejores vientos para el sector identitario del Consell. Pero conviene no olvidar que la tenacidad nunca abandona al buen nacionalista.

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