Desemocionar

JUAN CARLOS VILORIA

Si se busca en internet el verbo 'desemocionar' Google inmediatamente te corrige y sugiere por defecto 'desilusionar'. No está mal. Pero no es lo mismo. 'Desemocionar' aunque sea un verbo incorrecto se entiende perfectamente. Sugiere despojar a un concepto, una situación, un país, un hecho histórico, de la carga emocional 'extra' que transforma una realidad vulgar, normal, corriente, uniforme, similar a otras, del montón, o puede que, incluso brillante, en algo único, histórico, legendario, superior, digno de establecer un grado de supremacía y diferenciación que den sentido a la vida de «un pueblo» o una comunidad. Un perspicaz analista de la realidad nacional acaba de proponer: «Habría que desemocionar la palabra España».

Se supone que es porque algunos hinchan demasiado el pecho y a otros se les atasca en la garganta. Un líder populista llegó a decir que le producía «asco». En zonas enteras del territorio nacional la palabra España lleva cuarenta años proscrita. ¡Que emoción negativa debe producir para que sectores sociales enteros se hayan prohibido a si mismos, ni siquiera enunciarla! Y del otro lado, quizás por efecto reactivo, la palabra se ha convertido en una consigna. De manera que cuando se pronuncia debe ser al menos tres o cuatro veces seguidas. O se transforma en un eslogan de autoafirmación un poco inocente. Cuando alguien tiene que gritar su origen nacional emocionado (habitualmente en eventos deportivos) es que hay un problema de fondo. No es fácil imaginar a un grupo de Munich entonando: «¡Yo soy, alemán, alemán , alemán!».

Así que mejor neutralizar un poco la pasión y entender Hispania (tierra de conejos según Plinio el Viejo), I-span-ya (tierra del norte; donde forjan los metales) en hebreo y en arameo con la normalidad que da una existencia de quinientos años y una historia con luces y sombras. En la que ningún grupo o parte del territorio tiene todas las luces ni tampoco todas las sombras. Tampoco Cataluña. Donde la necesidad de desemocionar es a día de hoy extremadamente urgente. La modernidad política (a pesar de la coyuntura que ha inflado el populismo y hace rebrotar el nacionalismo identitario, incluso el etnicista) nos debería llevar en otra dirección. A la dirección que difumina las fronteras y relativiza la historia épica para justificar emociones importadas de un pasado tuneado. A la dirección en que los derechos pertenezcan a los ciudadanos y no a los territorios. El nacionalismo es una opción legítima pero, como dice Marías, no deja de ser una forma de pensar de no mucha profundidad intelectual porque está basada en el orgullo de pertenencia a una comunidad y una identidad de la que formas parte por puro azar. Algunos en Cataluña han olvidado la religión y han abrazado el nacionalismo.

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