El desembarco de los frikis

Ocupan cargos públicos y son raros, pero raros-raros. Con decirte que celebran la Navidad pero haciendo lo posible para que no se note que es Navidad

El desembarco de los frikis
Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

A pesar de que siempre he vivido en España, a veces me asalta la sensación de haber estado unos años fuera, o de despertarme tras un largo periodo de letargo, y al volver a pisar las calles de las ciudades y pueblos de este país sorprenderme al descubrir no ya un paisaje inédito sino un paisanaje completamente diferente. Y no me refiero tanto a la gente corriente, al ciudadano de a pie, aunque aquí también se ha experimentado un evidente proceso de transformación social verificable estéticamente en la afición por los tatuajes y los pelos pintados de azul, una moda que ya alcanza hasta a las mujeres de edad digamos que avanzada. No. Hablo, sobre todo, de la clase política, de los dirigentes. En esas ocasiones llego a pensar si no se habrá producido un desembarco de frikis procedentes del espacio exterior, gente muy rara que de repente, sin comerlo ni beberlo, ocupan concejalías, alcaldías, consejerías, subsecretarías... ¿De qué otra forma puede llegar uno a entender esa afición obsesivo-compulsiva de ediles y cargos públicos de Podemos y sus franquicias, Compromís y en más de una ocasión el propio PSOE al grito de «¡católico el último!» contra belenes, estrellas, ángeles, reyes magos y todo tipo de elementos religiosos que simbolizan la celebración de la Navidad? ¿No es de ser un friki y un tío raro, pero raro-raro, el pretender celebrar una fiesta religiosa basada en el nacimiento del niño Jesús obviando toda referencia al hecho central de este acontecimiento? Porque si lo que me pretenden decir es que al ser España un Estado aconfesional (uno de los grandes logros del ahora denostado «régimen del 78») hay que evitar que los poderes públicos tomen partido por una determinada religión, pues entonces sean consecuentes, no gasten ni un euro en iluminación navideña, no planten un árbol en mitad de la plaza, no disimulen con patéticos nacimientos 'conceptuales' cuya única finalidad es que no aparezcan las figuras del Niño, la Virgen y San José, no permitan la celebración de la cabalgata de los Reyes Magos y no cierren sus ayuntamientos los días de fiesta (como hacen los alcaldes separatistas catalanes el 12 de octubre). Pero ese frikismo de un belén sin ángel porque, según una concejal nacionalista, «es un tema del catolicismo» resulta digno no sólo de análisis sociológico sino de urgente visita al psicólogo. Como lo de excluir de una felicitación 'inclusiva' a la clásica familia. Sí, me temo que debe de haberse producido un desembarco de frikis y no me he enterado. Si es que hasta hablan raro, están siempre con que si la sostenibilidad, el empoderamiento, los trabajadores y las trabajadoras, los valencianos y las valencianas, y otras cosas por el estilo, que cuesta entenderles. Con lo fácil que sería asumir que la Navidad es una tradición en un país históricamente católico y que se puede celebrar, aunque no se crea en nada, sin complejos, con normalidad, sin hacer el ridículo. ¿Tan difícil es?

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