EL DESCRÉDITO DE LES CORTS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

La clase política no está dispuesta a acabar con los vicios que convierten su oficio -la gestión de las instituciones públicas y de representación- en una actividad sospechosa y fraudulenta a ojos de la mayoría de aquellos para los que supuestamente trabajan. Critican el transfuguismo pero se valen del mismo cuando les conviene, como recientemente el tripartito en Les Corts al salvar la ley de acompañamiento gracias al insólito apoyo de los ex de Ciudadanos, recompensado a los pocos días con todo tipo de prebendas en pago por los servicios prestados. Ni la vieja política (PP, PSOE, Compromís) ni las nuevas marcas (Ciudadanos, Podemos) son capaces de imponer una agenda auténticamente reformista y regeneradora de la política, que acabe con los errores que el sistema ha ido produciendo, como los tránsfugas. A los que ahora les molesta la actuación de los huidos del partido naranja con el escaño a cuestas, el día de mañana se comportarán de idéntica forma si con ello sacan partido, si consiguen desgastar al poder ejecutivo o si estando ellos al frente del Gobierno les sirve para mantener la poltrona. El espectador imparcial, el hombre de a pie que es elector y que tiene que decidir entre todos estos partidos, asiste entre indignado y asqueado al espectáculo de la voladura incontrolada pero consentida de la voluntad popular. Los valencianos que votaron a Ciudadanos contemplan ahora como del grupo se han escindido cuatro parlamentarios que se dedican a dar oxígeno a un tripartirto de izquierdas, populista y nacionalista cuando lo necesita y que, a cambio, reciben lo que reclaman de la autoridad de Les Corts.

Dignificar la labor de los parlamentarios, de los legítimos representantes del pueblo soberano, pasa por algo más que por mejorar la iluminación del despacho del presidente de Les Corts para que dé mejor ante las cámaras, o por ponerse de forma oportunista y con el populismo por montera en cabeza de una reivindicación para que el equipo de fútbol femenino del Valencia juegue en Mestalla, como si la Cámara autonómica no tuviera otros asuntos de los que ocuparse. Va a ser difícil que por este camino la política recupere el prestigio perdido a golpe de corrupción, de escándalos, de enchufismo y de una progresiva transformación de las tribunas parlamentarias en platos de televisión cuando no en pistas de un circo sin gracia. Los ciudadanos votan más por miedo al partido que no desean ver en el Gobierno que por garantías en aquellos en quien depositan su confianza. Porque al fin y al cabo saben que al final van a acabar haciendo lo mismo, los nuevos y los viejos, los de ahora y los de antes, los de derechas y los de izquierdas. Lo cual, el definitiva, es una muy mala noticia para la democracia española.

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