Desconvocatoria

A estas alturas, es patente que mañana, domingo, no tendrá lugar un referéndum de autodeterminación en Cataluña. La negativa del Estado a consentirlo y las medidas adoptadas contra las aberraciones jurídicas del Parlamento de Cataluña sugieren que en esta inquietante jornada se impedirá materialmente la votación, que podría producirse de forma semiclandestina en determinados barrios y en ciertas localidades, gracias a la persistencia de los más vehementes defensores de la independencia. Si, sobre este frágil fundamento, el soberanismo pretendiera emitir una Declaración Unilateral de Independencia, es evidente que tal escenificación no sólo no tendría efecto alguno sino que agravaría la ilegalidad del proceso y la responsabilidad personal de sus inductores, abriendo un periodo de conflictividad muy lesivo para todos.

El bloqueo parece, pues, la consecuencia inevitable de un proceso descabellado que no tiende, desde luego, hacia el horizonte de la independencia. Lo más probable es que la frustración por el fracaso, unido al inexorable quehacer de los tribunales, desactive la vitalidad de la autonomía catalana y abra un largo periodo de desamor y melancolía.

Así las cosas, resulta que los presagios no pueden ser peores. Ninguno de los actores que participan en los sucesos del próximo domingo puede tener razonablemente la expectativa de que su posición saldrá airosa: no habrá referéndum pero el problema de la tensión centrífuga no se habrá resuelto. No habrá separación pero la convivencia seguirá enrarecida.

Y si esta es la realidad, si sabemos que estamos avanzando conscientemente hacia el abismo, ¿por qué no tener un rapto de cordura y parar en el último momento, al borde del precipicio, la locomotora desbocada? ¿Qué perdería Puigdemont si horas antes del cacareado referéndum imposible llamara a la ciudadanía a quedarse en casa, a cambio de que este mismo lunes se abra un generoso, amplio e ilimitado capítulo de negociaciones? Seguro que los de la CUP se lanzarían a su cuello, pero seguro también que una gran parte de los votantes habituales del PDeCAT y de ERC aplaudirían cálidamente el realismo de quien, hasta ahora, se ha ganado con méritos probados la categoría de chisgarabís mayor del reino, obcecado con una elemental y romántica idea de nación incontaminada y virginal e incapaz de pegarse al terreno para evitar los riesgos de lanzarse a los abismos sin paracaídas.

Ya sé que esta apelación es radicalmente inútil, que Puigdemont y Junqueras ya no son dueños de su propio destino, que ya no hay quien detenga ese sentimiento a la vez suicida y heroico que hoy invade a esa minoría fanatizada que quiere estrellarse contra un muro. Pero que quede al menos por escrito la certeza de que siempre es tiempo de todo. De que aún se podría evitar la catástrofe.

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