Derrota

Las calles que sostenían la trama se deshacían bajo la humedad tropical, el abandono secular, la ruina definitiva

RAFA LAHUERTA YÚFERA

En el verano de 1977, el neón era luminoso pero la ciudad languidecía. En perspectiva, la sonoridad rotunda del poema Valencia ejercía un efecto tan efervescente como letal. Los himnos habían creado una máscara y un disfraz: la realidad quedaba al margen. Valencia se columpiaba en sus metáforas, alejada de su verdadero rostro. La luz cegaba y el humo denso de la pirotecnia adormecía. Prestar atención no era una tendencia consolidada. Las calles que sostenían la trama se deshacían bajo la humedad tropical, el abandono secular, la ruina definitiva. La estampa revelaba heridas no cauterizadas: la ciudad era un ente descabezado que se imaginaba exuberante y festivo. Todos los matices quedaban sujetos a una enorme y vibrante paradoja: el escenario hipnótico y febril del mercado no corregía el poso de la ciudad sin novela, sin hermenéutica, sin el reclamo de una cátedra asentada en las cañerías del poder. El poder estaba lejos y pasaba factura. O ni siquiera eso. El poder se miraba el ombligo y nosotros también. La derrota estaba en el imaginario de las azoteas, en los palacios deshabitados, en la hipérbole asumida como dogma. La derrota era un lugar sin retorno. No era una derrota de película española para gloria de vencidos y vergüenza de vencedores. Era otra cosa, posiblemente el purgatorio de las grandes ciudades secundarias que ya no pueden elegir su destino porque han quedado sepultadas bajo capas de rencor, ignorancia y dejadez.

Lo primero que recuerdo es la sorpresa, el desajuste, la invisibilidad. Cuando no había colegio, lo que más me gustaba era acompañar a mi padre. El 1500 olía a pan caliente. Lo utilizábamos como furgoneta de reparto, como utilitario, como vía de escape a las playas. Hacía poco que nos habíamos mudado a la calle Gorgos pero mi memoria carecía de antecedentes. Todo era nuevo. Yo sólo tenía seis años. Al cruzar el río, la ciudad se convertía en un laberinto salpicado de bares y callejones. Dejábamos el pan en el Chicote, en el Líbano, en la tasca Borgo, en Comidas Esma. La calle Zurradores era mi preferida. Todavía estaba en pie el horno donde había dado mis primeros pasos. Un portalón verde de madera dignificaba las ruinas. Me costaba creer que ese caserón abandonado hubiera podido ser nuestro hogar apenas tres o cuatro años atrás. En el callejón del Gigante, mi padre aparcaba el coche. La calle Zurradores apuraba sus últimos años bajo palio. Comidas Esma, la asociación ornitológica de Valencia, la barbería del señor Enrique, la fonda medieval. Un mundo antiguo, ni mejor ni peor. Era la última calle del nomenclátor urbano y eso le confería un sentido literario, poético, cuajado de reminiscencias. De vuelta a Gorgos, entre avenidas de gigantes que buscaban el mar, mi padre solía contarme la anécdota por excelencia, la anécdota que me convirtió en cronista perpetuo de mí mismo. A cualquier hora del día la gente llamaba por teléfono a casa y, en plan choteo, preguntaba: ¿no les da vergüenza ser los últimos de la guía telefónica?

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