Dejo de tabletear por mi salud

Una pica en Flandes

Lo confieso, me he convertido en un adicto a ese ordenador de mano con pantalla táctil que me incita sinuoso a perder el tiempo miserablemente

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Hoy hace más de veinte años que dejé de fumar. De un día para otro. Fue una decisión inevitable, meditada y que no me ha traído más que ventajas. Me costó al principio, pero también muy pronto empecé a percibir los beneficios de no llenarme los pulmones de humo por costumbre. Volvieron los olores, los sabores y las ganas de levantarme del sofá. Dejé de medir el tiempo por cigarrillos, pedir fuego por la calle y salir de madrugada buscando un bar si me quedaba sin tabaco. De una forma estúpida pensaba que el pitillo entre los dedos me convertía en un personaje interesante, como si un pazguato tal que yo pudiera ser interesante en este o algún otro universo paralelo. Qué bobada. Fui capaz de liberarme de semejante ensoñación y ahora necesito aquella fuerza de voluntad para desprenderme de la tableta.

Lo confieso, me he convertido en un vicioso de la tableta, en un adicto a ese ordenador de mano con pantalla táctil que me incita sinuoso a perder el tiempo miserablemente con cualquiera de sus aplicaciones. Lo mismo que los niños no deben probar el alcohol o las embarazadas sólo pueden saborear jamón si es del bueno, los grandes procrastinadores deberíamos tener prohibido tocar la tableta. Procrastinar es aplazar algo importante e inevitable para hacer otra cosa, irrelevante o estúpida. Por ejemplo, cuando estudiaba y dejaba pasar programas de televisión, sin importar de qué tratasen, prometiéndome que me ponía con los apuntes después de después, procrastinaba. O cuando tengo que prestarme a un análisis médico, sentarme a redactar esta columna de LAS PROVINCIAS o, sencillamente, irme a la cama y siempre encuentro algo tonto pero ineludible que hacer antes, procrastino. Yo soy un campeón mundial de eso, un perezoso existencial, lo que más me gusta, igual que a los poetas, es no hacer nada, y la tableta ha resultado la horma de mi zapato, la tumba de mi voluntad, el marco ovalado para el retrato formal de mi grata molicie.

No duermo, ¿lo podéis creer? Aguardo hasta las once y media para leer en la tableta los periódicos del día siguiente. Luego, y ya son más de las doce de la noche, porque busco en internet algún dato o biografía en relación con esas noticias. Más tarde llega la hora de las redes sociales. Qué hay por Twitter o vamos a mirar fotos en Instagram. Y hasta aquí puedo confesar. Me dan las claras del alba con el bicho entre las manos. Me estoy matando.

Por eso, hoy quiero anunciar que vuelvo a leer libros, abandono las series de Netflix y los videos de YouTube, me voy a borrar de las corralas de güatsaps o telegrams y tampoco quiero que me lleguen más chistes o videos machistas, podemitas, de Mortadelo y Puigdemont o guarros. Me quito de la tableta. Renazco de mis cenizas. Dejo de tabletear por mi salud. Bueno, esta noche aún no, mañana. Sí, mañana lo pensaré. Mañana, mañana.

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