En defensa del dominguero clásico

Belvedere

Una cosa es la neverita, la mesa, las hamacas, la sombrilla y el túper con la tortilla de patatas y el lomo empanado. Y otra cosa es otra cosa

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Aunque en mi memoria guardo recuerdo imborrable de mis bajadas a la playa del Portet de Moraira en las que únicamente necesitaba llegar provisto de la toalla y el periódico porque el resto del avituallamiento (crema solar, sillita, sombrilla y cerveza bien fría junto con papas Lolita) corría por cuenta de padres, hermanos, tíos y primos, me declaro firme defensor del dominguero, de ese hombre, padre de familia, que carga con todo lo necesario para pasar una jornada junto al mar en la que no falte de nada. Lo cual incluye no sólo la nevera con las bebidas sino los túpers que su mujer ha estado preparando desde primera hora y en los que la tortilla de patatas convive en perfecta armonía con los filetes de lomo y pechuga empanados, un rebozado sublime que resiste incluso la lluvia fina de arena que el molesto churumbel («¡niñoooooo, la arena!») levanta cada vez que tiene a bien espolsegar la toalla o correr detrás de su hermanita para fastidiarla porque es lo que toca. En el kit del perfecto dominguero también ocupaba lugar preferente la mesa desplegable y las hamacas, así como el transistor en el que poder escuchar 'Cada canción un recuerdo' («para Tere, mi compañera en la peluquería, que estará pasando un día estupendo de playa junto a su Juan») o el diario hablado de las dos de la tarde, la una en Canarias, incluso a mediados de junio aún podías pillar el final de la temporada y sintonizar 'Carrusel deportivo', «¡gol en Las Gaunas!», o ya en julio el Tour narrado por 'Butanito'. Pero, como digo, soy defensor del dominguero clásico, el de toda la vida. Porque lo que no puede ser es la tendencia actual que pretende trasladar toda la casa a la playa, una especie de mudanza temporal y gratuita del espacio privado a un terreno público. Es así como de las graciosas sombrillas hemos pasado a los toldos, las jaimas y las tiendas de campaña, anticipo de marquesinas que a su vez serán el primer paso -si nadie lo impide- de terrazas de obra que se montarán y desmontarán en un abrir y cerrar de ojos. El túper con la mágica tortilla de patatas ha evolucionado en una barbacoa portátil en la que un día son las sardinas y otro las longanizas, las morcillas, las chuletas y las hamburguesas para los niños las que se encargan de esparcir por todo el litoral el olor a carbón quemado. En cuanto al simpático «¡gol en Las Gaunas!», ha degenerado en un gigantesco aparato de ¿música? que a las 11 empieza a atronar con su chumba-chumba-chumba y a las 8 de la tarde sigue dale que te pego con el chumba-chumba-chumba. O le ponemos freno a esta moda de llévate tu casa a la playa y decóratela tú mismo o dentro de nada veremos al señor Paco tumbado en su sofá bajo la jaima para dormir la siesta y a la señora Amparo sentada ante el televisor para ver el programa de Ana Rosa. Cualquier tiempo pasado no fue mejor, eso es una falacia, un consuelo propio de gente mayor. Pero hay veces en que sí que es así, y la playa es una de ellas.

Fotos

Vídeos