Decepción

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Tenía 16 tiernos años cuando la vi por primera vez y quedé deslumbrado. El flash, la revelación, la repera. Si no me equivoco fue en el cine Rex y me acompañaban dos amigos que se llamaban Javier y Sergio. A ellos la película les aburrió. Esperaban una especie de continuación galáctica con Harrison Ford/Han Solo y salieron defraudados porque la gran pantalla no emitía destellos de espadas láser. Regresé en solitario a la oscuridad de la sala una semana más tarde y de nuevo la conmoción me atravesó. Joder. Qué bueno, chico. La habré visto unas cuarenta veces y mantengo intacta una suerte de extraña pureza ante cada visionado. Tengo, creo, todos los libros que narran los destarifos del rodaje. Soy, en efecto, uno de esos frikis de 'Blade Runner' y me precio de ser un degustador de la primera hora, uno de esos apóstoles que se dedicó a pregonar la buena nueva mediante un proselitismo realmente coñazo. Nunca entendí por qué el personal tardó tanto en apreciar su atmósfera, su tono de serie negra, su melancolía, su poesía, su arte. Al igual que en 'Casablanca', los astros se alinearon de pura casualidad, bendita chiripa, para forjar una obra inmortal que superó la barrera del tiempo. Por eso acudí risueño y gozoso a contemplar la secuela. Todo apuntaba bien. Dennis Villeneuve es un gran director (magnífica 'Sicario') y Ryan Gosling segrega un carisma formidable. Pero no pudo ser. Qué decepción, qué tedio, qué sopor. La magia de esos replicantes que pretendían ser más humanos que los humanos no irrumpió. Los decorados forjados a golpe de ordenador me helaban el alma. Los derroteros de la historia me achantaban y el holograma de Ana de Armas me irritaba. Acaso, y esto es así de simple, yo soy treinta años más viejo y la edad no perdona. Yo qué sé. Pero qué poco me gustó 'Blade Runner 2049'. Lástima.

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