Debora Serracchiani, mi nuevo referente

Belvedere

La presidenta de Friuli-Venecia le dice a los alcaldes de su región cómo deben vestir y comportarse en la mesa. ¿Se imaginan algo así en España?

PABLO SALAZAR

Se llama Debora Serracchiani y es la presidenta de Friuli-Venecia Julia, en el norte de Italia. En 2009 saltó a la fama por un celebrado discurso en la Asamblea nacional de los círculos del Partido Demócrata contra la parálisis, el anquilosamiento y la decadencia de esta formación, de la que entonces era secretaria en Udine, su ciudad. Ahora, a sus 47 años, esta abogada ha vuelto a convulsionar la vida política del país transalpino no con una intervención de fondo sino con una especie de manual de buenas maneras que ha sido criticado por algunos, al considerar que debería preocuparse de otros asuntos, pero que también ha recibido numerosas adhesiones. Las instrucciones de Serracchiani, reunidas en 75 páginas, van dirigidas a los alcaldes de su región, tanto ellos como ellas, y abarcan desde el vestuario, el aseo personal y el perfume hasta la forma de comportarse en la mesa. No tiene desperdicio ninguna de ellas. De estas últimas, por ejemplo, recuerda lo que parece obvio pero que viendo a algunos no lo es tanto, es decir, que antes de beber hay que limpiarse la boca, que no se habla mientras se mastica o que la sopa «no se sorbe». Pero lo mejor de todo llega cuando, hablando sobre la higiene, especifica la utilidad «de un buen uso cotidiano de agua y jabón», así como la conveniencia de utilizar moderamente el perfume y, en general, de prestar atención al propio aspecto, «incluidos cabellos, barba y bigote, que deberán estar bien cuidados», según contaba el pasado viernes el corresponsal de ABC en Roma, Ángel Gómez Fuentes.

Por lo que se refiere al vestuario, Serracchiani indica a las mujeres que la falda «debe llegar a la rodilla, no más arriba» y que las sandalias quedan prohibidas «incluso en verano», lo cual ya merece todo un reconocimiento. (Hay cosas que en Italia, cuna de la elegancia, no hace falta ni decir, como es el uso de las chanclas, que a nadie en su sano juicio se le ocurre ponerse para un acto público). En cuanto a los hombres, advierte de que el pañuelo del bolsillo de la chaqueta y la corbata «jamás deben tener el mismo estampado», que los trajes han de ser grises o azules, que las camisas han de ser blancas para la noche y que los calcetines nunca deben llevarse cortos.

¿Se imaginan algo así en España? Tras ser tildada de fascista, retrógrada, ultraconservadora, clasista y hasta machista (ahora todo es machista), los progres y los gurús de lo políticamente correcto la descalificarían por atentar contra las libertades personales. No hay más que ver -según leo en el BOT (Boletín Oficial del Tripartito)- la nueva normativa de vestimenta aprobada para la EMT, que destierra la corbata y sl suéter de pico e introduce las bermudas y los polos en verano, a petición no de los trabajadores ¡sino de la propia dirección de la empresa!, que ya saben en qué manos está... Pues bien, lo más grande del caso Serracchiani es que el Partido Demócrata es de centro-izquierda. ¿También son fascistas?

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