DAVOS, CAMBIO DE PERFIL

China se ha convertido en paladín del libre comercio mientras EE UU se apunta al proteccionismo

IGNACIO MARCO-GARDOQUI

La reunión de Davos es uno de esos acontecimientos donde se va «a ver y ser visto», con la particularidad de que allí se reúnen los grandes líderes políticos, económicos y sociales del mundo. Al menos de esa parte del mundo a la que le gusta la libertad económica, la seguridad jurídica y la estabilidad política. Más o menos. Vamos, que si no estás, no cuentas.

Esta vez, la reunión se ha celebrado en una situación muy particular. El mundo sigue siendo un lugar peligroso, con tensiones graves en las Coreas, gravísimas en Oriente Medio -donde el enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudita ha venido a sumarse al irresoluble asunto sirio y al ya permanente drama palestino- y crecientes alrededor de una Venezuela desquiciada.

Pero el mundo, por primera vez desde 2007 crece con vigor y, lo que es más importante, de manera generalizada, con poca inflación y tipos de interés por los suelos.

En el foro anual de la localidad suiza de Davos suceden cosas extrañas. Por un lado, vemos como China se ha convertido en el paladín del libre comercio y en el profeta de la globalización. Su gobierno, claro, porque las empresas chinas practican con fruición una de las formas más eficientes de proteccionismo, como es el 'dumping'. Se trata de vender productos por debajo de su coste de fabricación para agrandar mercados y desplazar competidores. A pesar de que la Organización Mundial del Comercio obliga a reconocer a China como una economía de mercado, lo cierto es que los procedimientos 'anti-dumping' no cesan en la Unión Europea, con sectores claves como el acero, acosados sin piedad por los fabricantes chinos.

Por otro lado vemos como Estados Unidos se apunta al proteccionismo bajo el eficiente lema del 'America first' que ha esculpido el presidente Donald Trump en el frontispicio de su mandato. Pero aquí también se da la misma paradoja, aunque en sentido inverso. Un gobierno partidario de un proteccionismo creciente se complementa con una pléyade de multinacionales americanas presentes en todo el mundo que arrollan fronteras, evitan los controles fiscales y desmaterializan la economía a pasos agigantados. A Donald Trump le gusta proteger a sus ciudadanos y aislarlos de la competencia, pero los Google, Apple, Amazon, Facebook, etc. prefieren un mundo abierto y desregulado.

Una de las maneras más eficientes de protegerse es utilizar el tipo de cambio. En efecto, un dólar flojo encarece todos los productos y los servicios que su mercado compra y abarata todos los productos y los servicios que su mercado vende. El presiente Trump dijo en Davos que quería un dólar fuerte, pero horas antes el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin había aclarado que un dólar débil era bueno para su comercio.

Si se analizan los fundamentales no es sencillo encontrar razones para justificar un dólar tan flojo. La economía americana crece con fuerza, a pesar de un cuarto trimestre débil, sus tipos de interés son más elevados, su tasa de desempleo se encuentra en mínimos y la Bolsa supera sus máximos en cada sesión. ¿Cuál es la razón entonces para que una cotización que apuntaba a la paridad se haya invertido y supere el cambio de 1,25 dólares por euro? ¿Todo es consecuencia del libre juego de la oferta y la demanda de divisas o hay intervenciones, difusas pero eficaces, de los organismos reguladores que juegan sobre el terreno, cuando deberían ser meros espectadores en la grada? Si cree lo primero es usted un iluso recalcitrante.

Bueno, pues eso, en Davos se vieron todos, se saludaron todos y se sonrieron todos. ¿Qué podemos sacar de tanta sonrisa? Pues que el mundo va bien en lo económico y bastante mal en lo político. No es poca cosa. Además, no olvide que esta semana le elegimos a Puigdemont president y ya está, todo quedará definitivamente arreglado.

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