Dato obolum Belisario

El día que Don Juan Carlos muera, Dios quiera que tarde, habrá codazos por aparecer en la foto con expresión compungida

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

La España llorica que confunde clase media con clase mediocre, carita de limosnera y puñal de pícara, patética para implorar y miserable para agradecer, esa patria, según dicen, en que peor se paga y mejor se entierra, exuda roñería y envidia. Y muchos españoles, lo mismo. La semana pasada se conmemoraron en el Congreso los cuarenta años de las primeras elecciones y el único que no estuvo invitado fue aquel a cuya osadía debemos esas elecciones: El rey Juan Carlos. También se olvidó a la reina Sofía. Llenaron los escaños rojos Adán y Eva, maniquís de Adolfo Suarez, indepes abriéndose la gabardina y unos cuantos de esos profesores que no se bajan del coche oficial con los cambios de gobierno sino con los cambios de régimen. Además, algunas personas justas, dialogantes, sensatas, de las pocas que van quedando. Estaban todos. Todos los gatos de Madrid. Todos, el hijo de uno y la nieta de otra. Todos, menos el auténtico protagonista de la Transición.

Sin embargo, el sábado en Estrasburgo, en un acto histórico donde el mundo despidió a Helmut Kohl, artífice de la reunificación alemana, las autoridades europeas se cuidaron de que, entre los arquitectos del orden democrático europeo, no faltasen Juan Carlos y Sofía. Una vez más, desde fuera se reconoce lo que la cicatería impide ver a nuestros corazones prerromanos. La Europa del brexit recuerda con orgullo a los impulsores de su unidad, la España del referéndum secesionista y los escraches, por su parte, posterga al impulsor de la reconciliación. El rey emérito habrá cometido graves errores, ¿quién no a estas alturas?, pero esos errores le pertenecen tanto como sus aciertos, que también los ha tenido. Achacarle errores y robarle aciertos es mezquino. Sugerir que se le excluye por su imagen, pero apropiarse de su obra es arribista y ruin.

Se disculpan con que habría allí dos reyes presentes. ¿Y qué más dará? ¿No coincidieron ese día tres presidentes, mil ministros, infinitos parlamentarios y un número indeterminado de pelotas, robándose plano unos a otros? Los franquistas también quisieron destruir lo que Juan Carlos y Sofía representan, igual que ahora procuran los neocomunistas, pero nuestros padres no les rieron las gracias. Para defender el legado de la Transición, a nosotros nos faltan las agallas que tuvieron ellos para impulsarla.

El día que Juan Carlos muera, Dios quiera que tarde, habrá codazos por aparecer en la foto con expresión compungida, mordiscos por contar anécdotas en la tele y lágrimas de cocodrilo suficientes para llenar el pantano de Contreras. Entonces, los mismos a los que la semana pasada incomodaba sentarse a su lado, serán los primeros en santiguarse a los pies del catafalco, siempre que los saque una cámara. Pobres de nosotros, vivimos un tiempo de frágiles oradores que esconden al rey por el qué dirán los podemitas de su pueblo.

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