Los daños del proceso

JOSÉ MARÍA ROMERA

El espectáculo del 6 de septiembre en el Parlamento de Cataluña quedará grabado en nuestras retinas como un mal sueño, como la escenificación de una pesadilla grotesca en la que todo parecía haberse conjurado para trastornar la realidad. No es solo que de golpe y porrazo saltaran por los aires las reglas de juego de las que nos hemos dotado en democracia, sino que se hizo con el mayor descaro, como si la mera voluntad de una pandilla de mentecatos bastara para justificar unas acciones que desafían la lógica y atropellan los derechos de la mayoría, parlamentarios incluidos. Ni que decir tiene que con estos modos de hacer cualquier resultado es posible y también impredecible. A la vista del sainete, el horizonte del 1 de octubre se antoja tan incierto como irreal. Pero, aunque se obrase algún milagro y las aguas volvieran al cauce de cordura del que nunca deberían haber salido, nada volverá a ser como antes.

No me refiero a que siempre saldrá ganando un relato independentista que ya ha logrado llegar a ese punto de la intriga en donde todo obra a su favor: la victoria, porque le daría alas; y la derrota, porque alimentaría su victimismo narcisista. Lo que tal vez deba preocupar más son los daños irreparables que este accidentado viaje al despropósito habrá causado a la sociedad catalana y, en no menor medida, a la española en general. Hasta hace pocos años, en distintos momentos de la historia reciente Cataluña se reveló como un ejemplo para la convivencia. El 'seny' catalán fue algo más que un simple tópico idealizador. Representó un modelo de conducta política equilibrado, juicioso y eficaz que no se dejaba arrastrar al arrebato extremista ni al delirio fanático.

Ahora ocurre justo al revés. Los actuales dirigentes catalanes se han lanzado a un carrera desenfrenada hacia la alucinación en la que todo vale si sirve a sus intereses. Y esa singular interpretación de la «astucia» a la que apelaba Artur Mas como guía de su hoja de ruta ha ido engendrando unas formas de actuar intransigentes, sectarias y bárbaras que costará tiempo erradicar en las relaciones políticas, sociales, culturales, educativas, laborales y hasta familiares de la Cataluña convaleciente. Con referéndum o sin él, con independencia o sin ella, la Cataluña posterior al 1 de octubre será una sociedad envilecida por el embuste y la trampa, lastimada por la intolerancia, desalentada de tanto perseguir quimeras y necesitada de ayudas de emergencia para sobrevivir a la catástrofe.

El trágala del 6 de septiembre en el Parlamento de Cataluña nos dejó una impresión amarga pero tuvo una virtud: la de mostrar a la luz del día las flaquezas de quienes nos han traído hasta aquí. Ojalá lo que vimos no sea el anticipo de lo que les espera a los catalanes de a pie, las principales víctimas de esta farsa inexplicable.

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