Daños colaterales

El malhumor que enciende Junqueras en Cataluña lo acaba pagando tanto carrilito y tanta fiestecita del nacionalismo local

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Los de la peña del jueves nos sentamos a comer optimistas, bajo la impresión de que se convocaban elecciones legales en Cataluña y aquí apenas había pasado nada, pero el chupito se nos quedó desmayado en la mesa porque, apenas dos horas después, el escenario de millones de personas, en España y en Europa, era otro, bien pesimista. Y así, una tarde y otra, un día y otro: con las pantallas de los ordenadores divididas -escaños del Senado, vista general del Parlament-; con las cadenas en visión alterna, ahora TVE1, ahora TV3; con todo lo que se puede partir, partido: el corazón y la cartera, los sentimientos y las irritaciones, las convicciones, las familias, los amigos, la paciencia...

Todo eso -recuérdalo siempre, chaval- en los mismos días en que España daba un salto limpio en el empleo, la Comunidad Valenciana bajaba los parados a niveles de antes de la crisis, la economía seguía subiendo como un cohete y las razones para el optimismo, después de años muy amargos, se hacían más que evidentes.

Cambiar la reserva para el puente desde el parador de Lleida al de Almagro, es tan fácil como respirar: click. Pero olvidar la inoportunidad, la mezquindad, la maldad, la perseverancia y la determinación con que el soberanismo está haciendo daño a España y a los españoles no va a ser tan fácil. No será sencillo que esto se olvide y se perdone. Como no será de extrañar, sino todo lo contrario, que sea todo el nacionalismo, empezando por el doméstico de Compromís, el que acabe haciéndose (más) antipático, inquietante, incómodo y molesto.

No, que nadie se extrañe si cuando piden que se frene una inversión de 30 millones de euros en la ampliación por el Estado de la V-21, la respuesta de muchos valencianos sea la contraria, pese a la huerta. Que nadie se extrañe de que haya muchas personas que ya emparejan nacionalismo con subdesarrollo y odio al progreso, por esa obsesión de Compromís en criticar la mejora de la V-30. Porque sí, porque las cosas del corazón vienen como vienen y aquí empieza a haber heridas hondas que se duelen de esa maliciosa persistencia del independentismo catalán... que acaba pagando una Mónica Oltra que a lo mejor no tiene culpa; o que termina por repercutir en la animadversión que levanta el concejal Grezzi... o cualquiera de las cosas que se saque de la chistera para irritar -una vez y otra- a unos socios del PSOE que menosprecia.

Porque será todo lo irracional que se quiera, pero el caso es que la irritación que generan Junqueras y Puigdemont, ese rechazo político pero también hondamente humano que producen, acaba generando daños colaterales. Por ejemplo, que muchos valencianos, impedidos de circular por las calles 'como Dios manda', ya se van cansando de tanta carrerita, tanta fiestecita, tanta colonia para gatitos y tanto carrilito: sea para running, para bicicletas o para carpas de comisiones falleras que ya tienen buen casal.

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