Cultura del insulto

MIQUEL NADAL

Que insultar no es educado ni culto, bueno o benéfico es materia bien sabida, que no aporta nada a los términos de la cuestión. Los episodios de Donald Trump y Iago Aspas, en la política o en el fútbol, asociando a países o a personas con la mierda, por su pobreza o el color de su piel revelan no solo miseria intelectual, sino también una absoluta falta de cultura y escaso tránsito por la lectura. Mi conocimiento del inglés de las series me confirma que la obsesión por la mierda es total, y a cada conversación o en cualquier contexto, en el que incluso nosotros manifestamos nuestro enojo con docenas de palabras, el inglés de los diálogos de las series se limita a reproducir una y otra vez, con redundancia máxima el «bullshit» de la literal mierda de toro. Habría que exigir una cierta competencia en el insulto, pues cada vez se insulta peor y con menos originalidad. Echo de menos aquellas palabras que en mi infancia nos dirigía aquel padre salesiano, don Eladio, de Villena, llamándonos mequetrefes o mamelucos. O aquel insulto que presenció mi amigo José Carlos en un partido del Godella contra el Collvert, cuando un jugador de éste último equipo, desesperado ante una patada, no tuvo más remedio que insultar con candor al contrario con un excelso «saco de estiércol». Para aquellos que piensan que es inconcebible que Donald Trump dijera lo que dijo y su aparición un paréntesis inexplicable en la historia de las presidencias de los Estados Unidos, les tengo una anécdota ejemplar. En el documental sobre Charles de Gaulle, Le dernier Roi, aparece ese momento de la historia en el cementerio de Arlington, en el funeral de Kennedy. La alergia de De Gaulle a América y la URSS era notoria, pero pareció quebrarse un tanto con el reinado de los Kennedy en Camelot. Flor de un día. Ese día terrible mantuvieron una entrevista Charles de Gaulle y el nuevo presidente Lyndon B. Johnson. El balance aterrorizó al viejo De Gaulle que anota que Lyndon B. Johnson creía que Napoleón era italiano. Para insultar con fineza es bueno tener cultura, y leer, y fijarse en el pasado, que no todo consiste en decir que en valenciano hay insultos que pasan desapercibidos, pues ello implica un debate de identidad, que algún se dirimirá en algún tribunal, so pena de la libertad de expresión, o de la identidad del territorio, de que decirle a alguien aquí «fill de puta» es tan normal que resulta hasta simpático y que nuestros insultos son signos de confianza y de proximidad. Puestos a insultar y a recuperar la historia habría que renovar nuestros insultos, con grandeza y estilismo literario, y no sé a qué esperamos para editar un Léxico de Insultos como el que planteó Vicent Marco que acredita una notoria riqueza semántica de la que sentir un legítimo orgullo. Furta-mantes, salta-corrals, figamolla, borinot, y tantos otros desvelan que llegado el caso, hasta podríamos exportar insultos.

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