LA CUCHARA Y LOS BUÑUELOS

MIKEL PAGOLA ERVITI

YYa saben lo que les dije de que la mascletá es como una paella: que no por más kilos de 'pólvora' que tenga es mejor. Ayer, Javi Rovira García, que lee esta columna, como ustedes, y que disparaba con su primo Toni Zarzoso Lara, me regaló una cuchara de madera de limonero, «para que comas esta paellita, a ver si te sabe como una de dos deditos de arroz de esas que te gustan». Porque ayer hubo bastante más de dos deditos de pólvora, se lo aseguro. «Para empezar: traca valenciana, como es debido», dijo. «Después, un entrante aéreo que será como un buen esgarraet», desgarrando en el cielo sonidos de roncadoras, cracker y serpentinas. «Luego, el arroz, que hay que tomarlo como es tradición, con cuchara de palo, que para eso te la traigo», bromeó. Lo de hacer las cosas 'como toca' los de Altura lo tradujeron en que el terremoto entrase de forma natural y mecanizada, es decir, unido con estopín o mecha al cuerpo de la mascletá, jugándose estética y técnicamente esa parte. Les agradezco esto más que la cuchara. «Y, como final, en recuerdo de mi tía», Consuelo Lara Pérez, madre de sus primos y fallecida en noviembre, «que hacía unos buñuelos riquísimos», aseguró, «el postre». Efectivamente, lo que hicieron fue una especie de gran 'buñuelo aéreo' rodeando la plaza con truenillos y cracker, formando una nube circular que dejaba el centro hueco (visto de arriba, claro). La primera parte aérea, tras la traca, tuvo truenillos verdes y mosaicos. Silbatos y truenillos rojos siguieron a eso junto a un goteo de truenos que aceleró. Lo mejor: las dos rodadas digitales de volcanes por todo el perímetro mientras seguía con truenos en el norte (en la falla). Interesante combinación, logrando cerrarlo todo a la vez, muy bien, para pasar a tierra. Ahí, la primera retención fue en cañeta y las demás normales, aunque la quinta iba desdoblada en dos, ocupando doble espacio, desplegada. Hubo espoletas de color y, además, con titanio (chispa blanca), que le daba más empaque. El terremoto entró demasiado fuerte y subió tantísimo que molestó a los oídos -no debería-. Y el bombadeo fue con final ahuecado, cual los buñuelos.

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