Las cucarachas mascotas

ANTONIO VERGARA

En este inaguantable y extenso verano, al ayuntamiento del 'battle' Ribó se le olvidó -otro olvido más- fumigar sin piedad, en los meses de abril o mayo, los bajos fondos de la ciudad, allí donde habitan y conspiran las cucarachas y las ratas tamaño hámster. Consecuencia: cuando los probos funcionarios y expertos en xenofobia animal empezaron con su humanista tarea de exterminio masivo, las cucarachas acorazadas y 'rubias' ya habían asegurado una cabeza de playa tan firme como la del desembarco de Normandia en 1944. Y a finales de junio avanzaban hacia el interior de los inmuebles habitados por los indefensos ciudadanos que pagan sus impuestos.

Al mismo tiempo, y cual si fuera una concatenación causa-efecto, Valencia se llenó de ciudadanos vestidos con bermudas y calzando chanclas. Y entre pecho y espalda una camiseta de 'forner' pintarrajeada con inextricables brochazos o 'grafitti'. En el momento de cerrar esta edición me informan de que los 'graffitis' pertenecen al 'Arte Urbano', como los grandes paneles de las inmobiliarias anunciando la venta o el alquiler de una vivienda o un pub.

Que yo conozca, sólo hay un ciudadano en Valencia, llamémosle Héctor, propietario de un pub frecuentado por literatos huidizos y periodistas antipáticos, que viste bermudas en invierno y en verano. Jamás lo he visto con pantalón hasta los tobillos. Fue siempre un avanzado a su tiempo. Un 'hipster' sin barba de spot televisivo.

Las cucarachas han hibernado ('hiberna hibernorum', como las legiones romanas) durante diez meses en algún lugar (alcantarillas, armarios roperos, ropa interior del colectivo LGTB, tendederos), esperando su oportunidad.

En junio es cuando abandonaron sus escondites para causar ataques de nervios si entran, volando, por la ventana del salón comedor mientras en la tele se proyecta 'La gata sobre el tejado de zinc caliente', en la que Paul Newman está a un paso de firmar su entrada en el LGTB, pero una maciza Elizabeth Taylor se lo impide.

A pesar de mi negativa opinión acerca de que la ONU apoye la Declaración Universal de los Derechos Humanos de los Animales, a instancias de doña Glòria Tello, la 'rechidora' de Bienestar Animal (¿incluye las cucarachas?), aparto de mí, por infundada, la sospecha de que la 'rechidora' no haya actuado con la diligencia obligada en los plazos de genocidio de las cucarachas. Un rumor sin el menor fundamento asegura que ha adoptado -como 'mascotas'- una ucraniana y blindada, y otra pequeña y negrita, como las de antaño. Se llamarían Aleksandreyena y Milagritos. ¡Cuánta maledicencia hay en esta sociedad!

Las cucarachas 'rubias' son tan voluminosas y acorazadas como el buque Arizona, hundido en Pearl Harbor. Resistentes. Hace cuatro años perseguí a una que había entrado por la ventana de la cocina. La acorralé. Pero se fugó por debajo de la puerta de entrada al piso. Cogí Baygón (siempre almaceno varias unidades: ¡centinela, alerta!) y fui tras ella, escaleras abajo, haciendo fuego a discreción. Llegamos juntos hasta el patio y aún se movía. ¡Increíble!

La rematé aplastándola con el zapato -marca Lotusse- del pie derecho (las chanclas no sirven) y gocé con el sonido de su fortificado caparazón transformado en un amasijo del color de un árbol maderable de Papúa Nueva Guinea.

Las cucarachas mascotas puede parecer una broma. No se fíen, porque el 'gobierno' de Castilla-La Mancha prepara una Ley de Protección Animal (Podemos ya ha entrado a 'gobernar'). Algunos de sus disparates: prohibidos los circos con animales salvajes pero no con perros, caballos y gatos (¿usted iría a un circo para ver 'el número del gato'?), prohibido el 'tiro al pichón', las mascotas podrán ir a los bares (¿se imaginan a un hámster bebiendo cerveza?), los dueños de los animales tendrán conocimientos en 'bienestar animal', se prohibe que los perros vayan atados a vehículos en marcha (una bici, un carro).

Y ahora viene el chollo, la pastizara: se constituirá el Consejo Asesor de Bienestar Animal y el Registro Único de Animales de Castilla-La Mancha. Más mamandurria. Más burócratas. Multas: de 300 a 60.000 euros.

¿Se ha vuelto loco el mundo? ¿O sólo ciertos políticos?

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