UNA CUARESMA FALLERA

VICENTA RODRÍGUEZ ESCUELAS CATÓLICAS

Andamos en los colegios, sacudiéndonos de la cabeza la ceniza del Miércoles de Ceniza y decorando los pasillos con las huellas que nos conducen por el camino de la Cuaresma hacia la Pascua en medio de las Fallas.

Aprovechamos estos días para resumir en tres semanas las buenas actitudes humanas y creyentes: orar bien y por todos, comprometerse más en la ayuda a los que menos tienen, -sobre todo a los que no alcanzan las subvenciones de la Conselleria de Igualdad- y llegar ligeros hasta la Pascua, y para eso hay que ayunar de palabras hirientes en cualquier género y de mentiras que nunca son piadosas, y abstenerse de malas intenciones y críticas destructivas. Ayunar de todo lo que engorda el ego y la prepotencia que alimenta el poder ¿algún político se apunta?

Al menos en los centros educativos católicos hemos cambiado el orden del menú, para comer el pescado los viernes, por guardar la tradición de la vigilia, aunque luego las criaturas se zampan una buena hamburguesa en su casa para la cena.

Y mientras, va avanzando el calendario escolar y tenemos que preparar la falla. Allá van las madres con las cajas y la cola para colaborar en educación infantil y los abuelos, en casa, convertidos en artistas, preparando el ninot, que le han pedido los maestros al nieto.

Se alargan las tardes en reunión para organizar la comisión y redactar el llibret y surge el dilema: ¿se quema la falla con presencia de bomberos o regresan a casa, indultados, todos los ninots?

Cuaresma y fallas caminan del brazo por las aulas, en un organizado pasacalles educativo.

¡Jesús, qué trajín! Y para enredar un poco más las tareas de los educadores, la nueva Ley de Plurilingüismo, que nos obliga a cada centro a presentar el Proyecto de las Lenguas antes de que llegue el 16 de marzo.

Así no hay manera de vivir con el sosiego pedagógico, que necesita la buena educación.

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