Crucifícalo

No vale con comparar, como ha hecho Pablo Iglesias, el suicidio de Blesa con el de los afectados por los desahucios

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Desde que conocimos la muerte de Miguel Blesa, se han sucedido opiniones, especulaciones y teorías de la conspiración sin control. Si se ha suicidado -como apunta la autopsia-, porque lo ha hecho; si no, porque le han ahorrado el trabajo, porque el karma ha sido justo o porque en ausencia irreparable de la persona, se acabó su responsabilidad penal. De todo hemos oído o leído en estos días. Lo asombroso no es la insensibilidad y la podredumbre moral de quien celebra una muerte evitable sino la facilidad con la que nos permitimos saber, juzgar, desentrañar y explicar las acciones ajenas. Los que somos incapaces muchas veces de conocernos a nosotros mismos; creemos conocer a los allegados y aún nos sorprenden, o ponemos un muro entre nosotros y los prójimos ignotos, tenemos en cambio una clarividencia especial para saber cómo y por qué se comporta alguien como lo hace. Yo no sabría decir las razones que han llevado a Blesa a dispararse para morir ni todo se arregla dando un argumento simplista para establecer una relación de causa-efecto evidente e inmediata. Solo sé que planear cómo quitarse la vida, en una decisión que no tiene vuelta atrás, debe de ser un proceso terrible, in crescendo y tormentoso para cualquiera. Sobre todo para quien no está solo en el mundo y tiene mujer, hijos, nietos y amigos. Una mujer, además, con la que se casó hace pocos años.

No vale con comparar, como ha hecho Pablo Iglesias, su suicidio con el de los afectados por los desahucios. No es mejor o peor ni más o menos valiente. Es una tragedia en todos los casos, pero nos hemos convertido en dioses que conocen el bien y el mal y aplican su juicio, sin permitir defensa alguna al acusado, para condenar al condenado de antemano. Es un 'crucifícalo' repetido durante milenios con una pasmosa indiferencia hacia la persona que hay detrás, sus circunstancias o su capacidad de arrepentirse y regenerarse. Si esto lo decimos de quien, presuntamente, estafó, qué no seremos capaces de hacer con quien asesine, viole o torture. Y no es justificación de lo injustificable sino esa disposición a adoptar el rol de verdugos que se toman la justicia por su mano. El Estado moderno surge, entre otras cosas, cuando se persiguen las banderías, las vendettas y la justicia del señor feudal. Sin embargo, hemos llegado a un punto de flashback en el que las bandas organizadas, sean físicas o virtuales, se creen por encima de los demás mortales. La garantía de una penalización profesional es precisamente esa ausencia de bilis. Los tribunales aplican leyes, no emoción. Los demás nos limitamos a clasificar a los otros en el grupo de 'buenos' o en el de 'malos' y a lanzarles piedras en este último caso. El suicidio rara vez es la opción que uno quisiera tomar si todo funcionara bien. Por tanto, nuestra preocupación ha de ser ese factor defectuoso de una vida que debería tener, razonablemente, un final natural.

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