La crisis siria ya no es lo que era

Trump administra la difícil situación en la región de modo sustancialmente igual que lo hacía Obama. En eso no ha habido cambios apreciables

ENRIQUE VÁZQUEZ

Los lectores fieles de Jean Pierre Filiu, acaso el mejor analista en lengua francesa de la geopolítica en Oriente Medio, hemos recibido sin sorpresa su afirmación, matizada por la prudencia, de que no está claro que la guerra en Siria haya terminado. Su condición de conflicto poliédrico, de orígenes, objetivos, argumentaciones, beligerantes y padrinos diversos autorizaba a suponer que no iba a ser cancelado con una ceremonia solemne entre los beligerantes, pero se mantenía tácitamente el derecho a esperar un fin prácticamente general de las operaciones militares y una calma que, tal vez, daría una posibilidad a las iniciativas en curso de negociar un final adornado con un modesto futuro por delante.

Pero ni las Naciones Unidas (mediante la estupenda 2254, aprobada por la unanimidad del Consejo de Seguridad de la ONU en diciembre de 2015) ni mucho menos otras iniciativas, como las conferencias en Sotchi o Astana. Sostenidas por algunos de los protagonistas del drama son del todo inútiles por la buena razón de que, aunque formalmente basadas en documentos de trabajo aceptables en principio para todos los beligerantes, tenían y en teoría tienen pues no han sido oficialmente abandonadas, un tufillo moscovita que, por definición, es pro-régimen sirio y entiende cubrir los objetivos estratégicos y de largo plazo de la Federación Rusa.

Ni por un momento Moscú ha presumido de ser ganador en la tragedia y su retórica oficial entiende ser moderada a la hora de cambiar las trincheras y los bombardeos por una eventual negociación política sin obviar siquiera el objetivo que dice tener para el país: la creación de un sistema pluralista... que se ocupará de organizar generosamente el régimen de la familia Assad, los alauíes en el poder desde hace casi medio siglo. La mención de los alauíes no es caprichosa ni excesiva: seguidores del sexto imam shií, Yáfar al-Sádiq, biznieto de Fátima y tataranieto del profeta Muhamad, han resistido bien el paso de los siglos y mantienen una presencia apreciable en la región, singularmente en Siria, Turquía y Líbano. Con su 10-15% de la población y una solidaridad a toda prueba han sabido ocupar posiciones de privilegio y cerrar filas en torno al poder, en sus manos desde el golpe del general Assad en 1970.

Naturalmente, el desenlace militar sobre el terreno, favorable a la familia alauí, deudora solvente del acuerdo firmado en su día por el difunto general Assad con el líder soviético Lionid Brieznev, ha reforzado al régimen, literalmente salvado de lo que sin la intervención rusa habría sido su fin. Pero en Damasco ya han pagado un precio altísimo por su supervivencia política y su perpetuación en el Gobierno con la cesión de ampliadas facilidades militares (puertos y bases aéreas) a las Fuerzas Armadas rusas, que están seguras en el Mediterráneo oriental, el viejo sueño de los zares. Late ahora mismo, por tanto, una discreta diferencia de criterio entre Moscú y Damasco. Putin no termina de convencer al socio sirio de la necesidad de alargar la base político-social de su régimen con un programa de amnistía y una disposición genérica a ampliar las posibilidades del debate y la reconciliación simultánea arropada por un gran programa de reconstrucción material de un país literalmente destrozado.

Este escenario, sus orígenes, sus coordenadas históricas y la resolución del régimen familiar-alauí son perfectamente conocidos por Washington que administra la difícil situación con Trump de modo sustancialmente igual que con Obama. En eso no ha habido cambios apreciables: todo contra el radicalismo islamo-terrorista, la compleja constelación que con origen en al-Qaeda ha terminado forjando el ISIS, el pretendido y sedicente Estado Islámico.... su versión inicial, que hacía fácil el reclutamiento y obraba milagros, como el de ver a Washington y Moscú luchando a fondo contra un enemigo común.

En esa fase, de difícil precisión cronológica, el conflicto pareció de una parte la expresión conceptualmente clara de un largo proceso geopolítico regional que incluía por su complejidad los consabidos daños colaterales en un marco al fin y al cabo de difícil digestión para las dos superpotencias de la posguerra. Rusia por lo dicho (su decisión de mantenerse a cualquier precio en Siria, es decir, en el Mediterráneo y Oriente Medio) y los Estados Unidos en tanto que protagonista de la tragedia de las Torres Gemelas el once de septiembre de 2001.

El escenario someramente descrito ha estado tácitamente presente en el infierno sirio desde sus comienzos, cuando, al hilo de la primavera árabe, la oposición intentó acabar con el régimen de los Assad y sus socios. Los observadores mejor informados advirtieron que Moscú iría hasta el final y correría graves riesgos para evitar el fin de un régimen de acrisolada lealtad y Washington lo sabía mejor que nadie y asumió un papel desde esa premisa... y por eso su vigente decisión, tan tarde ya, de reforzar a la oposición sirio-kurda en la región de Afrin cuando es Turquía el vecino que se siente amenazado llama mucho la atención.

Turquía, un Estado de la OTAN, no se olvide, ha entrado en suelo sirio para combatir el independentismo kurdo que tiene en el sureste del país una fuerte presencia y Washington estima por igual a ambos en cuanto que comunes adversarios del ISIS, que ostenta el raro privilegio de ser el enemigo principal de todos los demás beligerantes... Todo esto es una indeseada derivada del conflicto que, ciertamente, dista mucho de haber acabado...

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