CRIPTOMONEDAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Setenta euros. Al final ha logrado 70 euros. Tras un par de meses de férreo seguimiento, enganchado a una aplicación de su mólvil, obsesionado, navegando en un duermevela constante, vigilando contra viento y marea, ha ganado 70 pavos. «Menos mal que he vendido a tiempo», confiesa mientras suspira con aire de triunfador. «Voy a comprar la criptomoneda esa que un amigo mío se está embolsando una barbaridad de pasta», me comentó mientras el fulgor de la codicia iluminaba sus ojos. «¿Estás seguro?», repliqué. Contestó que sí, que no podía resistirse a esa bicoca y que el negocio era seguro. «Me voy a forrar», añadió. Asumí mi condición de paleto poco preparado para la vida moderna. Siempre me gustó la manera de funcionar del ganadero Vitorino Martín, de sobrenombre «el paleto de Galapagar». En su caso, lo de «paleto» realzaba su condición de tipo listo que huía de las aventuras burbujeantes. Los paletos, con su desconfianza agropecuaria, rezuman tono espabilado. Yo me libré de las preferentes y de invertir en Forum Filatélico por paleto. Acudía hasta mi vera el del banco susurrando tiernas palabras de amor capitalista y yo le miraba muy paleto. Luego le cascaba que «no». No entendía ese empeño suyo por conseguir que mis escasos ahorros fructificasen en plan milagro de panes y peces. «No», le decía. Y el tipo ladeaba su cabeza tristón ante mí recalcitrante paletismo con vocación de insondable pobreza. «Es que no lo entiendo», le insinuaba. Y entonces me lo explicaba en plan Barrio Sésamo. «Qué no, que no lo veo», le soltaba yo. Y el pobre se marchaba mentalmente despellejado pero a la larga resultó que yo tenía razón. Ahora las criptomonedas se nutren de las avaricias domésticas. Pero sigo sin verlo claro y no comprendo nada de esas cosas cibernéticas. El ganadero de Galapagar sigue siendo mi mito.

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