Convicciones

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Les confieso que las grandes personalidades de la Historia contemporánea me cargan un tanto porque esa unanimidad de reconocimiento que les rodea hasta blindarlos de cualquier pecado, o ante cualquiera que ose desafiar el pensamiento único, me fastidia. Mi lado malévolo aprecia, en cambio, los dardos ponzoñosos que tratan de sabotear esas percepciones universales donde predomina la perfección. ¿Acaso Gandhi, Luther King o Mandela jamás agarraron un mosqueo del siete y rompieron unos platos? Pero claro, ante ciertas realidades y ciertos comportamientos, sólo cabe descubrirse. Santiago Posteguillo nos recordó la otra tarde, durante una charla en la Fundación ADEIT, un formidable rasgo que define la biografía de Nelson Mandela y que, al menos yo, había olvidado. Permaneció encerrado 27 años. Cada dos semanas, sus carceleros acudían zalameros a su vera para socavar su moral mediante un argumento pletórico de perfidia. Si renuncias a tus ideales, si te retractas, si pides perdón, te concedemos la libertad inmediatamente, le susurraban. A lo largo de esos 27 años Mandela se negó. Jamás quebraron su voluntad. Sólo por eso Mandela merece infinito respeto y ocupa un lugar de lujo en la Historia. Conforme se disipen las chaladuras y el tiempo actúe situando a cada uno en su lugar, no será difícil adivinar la esquina birriosa, en el apartado de las marcianadas anecdóticas, que cobijará a otros personajes. Como ustedes intuyen, me refiero a los que huyeron hasta las brumas belgas para enzularse en un bucle disparatado, irreal, o a los que tras unas semanas de encierro les aflora un disimulo que les muta la opinión y les impulsa a la obediencia. No pido arrebatos heroicos porque me temo que yo nunca los tendría, de ahí que no me interese salvar patrias. Sólo reclamo unas hebras de gallarda coherencia.

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