CONTUNDENTE NABOKOV

Las heterodoxas opiniones del autor de 'Lolita' se enfrentaban a la tiranía de lo literaria y políticamente correcto

RAFA MARÍ

Genio y niño. «Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño». De ese modo tan atractivo comienza 'Contundentes opiniones' (Anagrama, junio 2017), libro que reúne varias entrevistas a Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899- Montreux, Suiza, 1977), catorce artículos y once 'cartas al director' dirigidas a diversos medios. Sí, Nabokov pensaba como un genio: su inteligencia fue deslumbrante. Definirse como «autor distinguido» es demasiado humilde. Lo de hablar «como un niño» era cierto: balbuceaba a menudo. Por eso exigía que le hicieran las preguntas por escrito. Las contestaba también así, exigiendo que no se cambiase ni una coma.

'Habla, memoria'. El autor de 'Lolita' (1955, una de las grandes novelas del siglo XX) vivió sus primeros veinte años en Rusia, de los cuarenta a los sesenta en Estados Unidos, donde clases de literatura europea en Wellesley y Cornell, y de los sesenta hasta su muerte entre Estados Unidos y Suiza. El éxito de 'Lolita' le convirtió en millonario. Otras novelas suyas son 'La dádiva' (1937-38), 'Pnin' (1957), 'Pálido fuego' (1962), 'Ada o el ardor' (1969)... Su autobiografía, 'Habla, memoria', es magnífica. De 'Contundentes opiniones' reproduzco varias heterodoxas frases suyas en las que se enfrentó con sarcasmos a las exigencias de lo política y literariamente correcto.

Placeres y berrinches. Nabokov dominaba tres idiomas (ruso, inglés y francés), odiaba la revolución bolchevique («sus babuinos de botas altas han exterminado paulatinamente a los autores de verdadero talento»), tenía un carácter apacible al que solo lograba enfurecer «el arte falso» y sus tres mayores placeres eran la escritura, la caza de mariposas y componer finales artísticos de ajedrez (algunos muy buenos). Fue coherente toda su vida en las cosas que más le disgustaban: «Mis aversiones son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música dulzona...».

Rusia y Norteamérica. «Rusia se ha vuelto terriblemente provinciana durante estos cuarenta años, aparte del hecho de que allí a la gente se le indica lo que ha de leer, lo que ha de pensar. En Norteamérica soy más feliz que en ningún otro país. En Norteamérica es donde he hallado mis mejores lectores, los espíritus más cercanos al mío. Me siento intelectualmente cómodo en Norteamérica», declaró Nabokov en 1962 a la BBC.

Stalin y McCarthy. »Deploro la actitud tonta y deshonesta que ridículamente equipara a Stalin con McCarthy» (para 'Life', 1964).

Freud y Dostoievski. «El freudismo y todo lo que ha contaminado con sus implicaciones y métodos grotescos me parece uno de los engaños más viles ejercidos por la gente sobre sí misma y sobre los demás». Llamaba a Freud 'el Charlatán Vienés'. Detestaba a Dostoievski: «Fue un profeta, un periodista hábil para alcanzar popularidad y un comediante chapucero. Sus asesinos sensibles y sus conmovedoras prostitutas no se pueden soportar ni un momento..., este lector al menos no puede». A Conrad le atizaba: «No soporto el estilo de tiendas de souvernirs de Conrad, barcos embotellados y collares de caracola» (declaraciones a 'Play Boy' en 1964).

Autómatas. «Me parecen de segunda categoría y efímeras las obras de varios escritores engreídos, tales como Camus, Lorca, Sartre, D.H. Lawrence, Thomas Mann, Brecht, Faulkner y centenares de otros 'grandes' autores secundarios (...) Por eso caigo mal automáticamente a sus simpatizantes, seguidores, secuaces y a todo tipo de autómatas» (para el canal 13 de la TV de Nueva York, 1965).

¿Quién le gustaba? Pregunta pertinente: admiraba a Tolstoi, Flaubert, Proust, Chejov y el 'Ulises' de Joyce. Pero ni siquiera el gran irlandés se libraba de una buena dosis de cicuta. De 'Finnegan's Wake' (1939) decía: «Esa infortunada novela no es más que una masa informe y opaca de falso folklore, un libro muerto, un ronquido persistente en el cuarto de al lado, sumamente irritante para un insomne como yo» (a 'Wisconsin Studies', 1967).

Libertad. La sinceridad de Nabokov es tonificante, sobre todo leyéndole ahora, en plena era de ronquidos en los muros de al lado. No es necesario estar de acuerdo con él para admirar su libertad de criterio.

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