EL CONTRASTE

RAMÓN PALOMAR

Durante lo más oscuro del invierno la piel se nos tornó tan sensible y fina que, si nos hubiesen consultado, nuestra sentencia sólo habría basculado entre la guillotina, el garrote vil o la horca. Eran culpables. ¿Culpables de qué? De todo. Nuestro histerismo justiciero exigía urgente y demoledora reparación. Peor aún, gastaban una pinta de culpables apoteósica. Sobre todo El Bigotes, con ese mostacho hiperbólico, esa manera de caminar y ese cabello repeinado. Sin embargo ahora, don Bigotes, don Correa y don Crespo, ya son así como un poco de familia y les advertimos aire de primo hermano espabilado que aprovechó la coyuntura para sacarse unos dineros gallardos que flotaban por ahí en la tierra de nadie que va desde los políticos a los empresarios. El caso de Álvaro Pérez, El Bigotes, hay que reconocerlo, segrega un tono hispano de buen humor carnavalero que empieza a fascinarnos. Apechuga con una condena bárbara pero esos años se diría que no le han menguado la lengua y su capacidad de transmisión. Con lo de su espalda de gladiador en vista de los latigazos que ha recibido estallé de la risa como en los mejores momentos de los Marx en 'Sopa de ganso' o de Buster Keaton en 'El maquinista de la general'. Sólo por esos lances me gustaría que le rebajasen la pena. En cierto sentido, El Bigotes es a la corrupción favorecida, no lo olvidemos, por algunos políticos peperos lo que Tabarnia para los independentistas, o sea un soplo de frescura hidratando la podredumbre. Don Bigotes a lo mejor no lo sabe pero hunde sus raíces en Quevedo y el desparpajo que exhibe huele a puro Buscón. Discurseaba sin remilgos mientras que, en una estampa memorable, sus compinches se partían la caja. El contraste frente a las muecas de comprensible cobardía de los políticos imputados resultaba impresionante.

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