Constitución

La etiqueta 'de 1978', que usa la Generalitat para la fiesta, es una muestra de solera respetable, una marca de calidad

F. P. PUCHE

Quisiera rendir un pequeño homenaje a nuestra Constitución, pero me sabría mal que algún lector levantara la vista del papel en este preciso instante y se fuera a la página de enfrente, que suele ser de Internacional. Quédate, lector, a ver si acierto. O pasa al menos la mirada por las Cartas al Director, que son siempre interesantes.

Quisiera, sí, rendir un pequeño homenaje «a la Constitución de 1978», como la Generalitat va a hacer en Alicante. Porque es la primera vez que veo que se pone eso, lo «de 1978», y que se hace como referente de calidad. Nadie iba a pensar que el presidente Puig quisiera rendir homenaje a la Constitución de 1812, porque su fiesta es el día de San José; ni tampoco a la de la República, que fue aprobada un 9 de diciembre. De modo que me gusta esa etiqueta «de 1978», porque viene a decir que los de esa generación, en la que incluyo al presidente, vamos teniendo ya una solera que nos da al menos la respetabilidad que tiene el Puente de Serranos, que no sirve de mucho aunque hace bonito.

Pero tengo que enmendarme. Pienso en los sistemas democráticos más respetados del mundo, el británico, el americano y el francés, y me reafirmo en que la veteranía es un grado. Los ingleses, para empezar, no tienen una constitución como tal, sino reglas tan viejas como la lluvia y las colinas verdes; la Constitución americana es un adorable documento de más de dos siglos que, sin embargo, millones de niños recitan de memoria todos los días, porque es la argamasa que les une y les mantiene vivos; los franceses, vecinos de casa, tienen una Constitución en vigor desde 1958 pero es la decimoquinta que se han dado sin dejar de respetar, eso sí, los viejos principios de la Revolución y una férrea voluntad de mantener un estado unitario.

Nosotros vamos por la séptima, que no es mucho, aunque las constituciones que los españoles hemos tenido nos han llegado barajadas con varias guerras civiles, un montón de guerras coloniales, dictaduras que han llenado más de medio siglo y desgracias de nunca acabar entre las que incluyo al menos un siglo en que un artículo como este, tan blanco por otra parte, tenía que pasar bajo la lupa de un censor, civil o militar.

Quizá todo esto, que resulta tan poco agradable, debería ser explicado algo más, como contraste, en escuelas y televisiones. Incluso, qué se yo, en sitios insólitos, como la Universidad. A lo mejor serviría para valorar la Constitución, «la de 1978», como un frágil jarrón de porcelana, delicado de manejar, necesitado de mimos, y sobre todo, hecha con amor inteligente para ser leída con calma, desde todos los puntos de vista posibles. Para formarse de ella, si viene a mano, una panorámica total. Que no excluye la posibilidad de mejoras ni reformas; pero que reclama, además de un educado respeto, el tacto delicado y generoso que tuvieron sus autores, pronto hará cuarenta años.

Fotos

Vídeos