CONSEJOS PARA LA BUENA GOBERNANZA

Las instituciones valencianas reeditan 'El Político', uno de los más singulares libros de Azorín

RAFA MARÍ

Casa-Museo. En mi reciente viaje bien acompañado por Alicante visité en Monóvar la Casa-Museo Azorín. Su director, José Payá Bernabé, atento anfitrión, nos mostró las diversas salas, la biblioteca de Azorín (con un fondo de 14.000 volúmenes, algunos del siglo XVI) y la exposición 'Azorín i la Comunitat Valenciana. L'escriptor i el seu paisatge', que se verá este año en Les Corts Valencianes, con patrocinio de la Fundación Caja Mediterráneo.

Tesoros. Adquirí en esta visita el magnífico número que con motivo del 50 aniversario del fallecimiento de Azorín (1873-1967) le ha dedicado la revista Canelobre (328 páginas de gran formato, numerosas ilustraciones y dos cedés: 'La imagen y la palabra' y 'Azorín o la intravagancia. Conferencia de Juan Gil-Albert en la Casa-Museo en enero de 1985'). También adquirí un ejemplar de 'El Político', uno de los mejores y más singulares libros de Azorín, reeditado en 2017 por Iniciativas Reunidas Aitana con la colaboración expresa de la Casa-Museo, Les Corts Valencianes y la Diputación de Alicante, con un estudio de Pedro M. Egea Bruno y un epílogo de Payá Bernabé.

Cuentos policiacos. Payá Bernabé nos obsequió con una deliciosa rareza que reúne dos cuentos políciacos de Azorín, 'Crimen en verano' y 'En el espejo', ambos escritos en 1936 y apenas conocidos. Pero me centro en 'El Político', un tratado con ecos de Maquiavelo, Gracián y Nietzsche en el que Azorín ofrece consejos (sabios, inesperados y a menudo insólitos, a lo largo de 47 capítulos), para la buena gobernanza de los políticos en general: el tema de fondo es el estilo personal, no la ideología.

Mañanero. En 'Ha de tener fortaleza', aconseja Azorín: «Sea el político mañanero; acuéstese temprano. Tenga algo en su persona de labriego; este contraste entre la simplicidad, la tosquedad de sus costumbres y la sutilidad del pensamiento servirá para realzarle».

Viva recogido. En 'No prodigarse', le sugiere al político que no se prodigue, ni en la calle ni en los espectáculos públicos. «Viva recogido. Al hombre de mérito se le estima más cuanto menos podemos apreciar los detalles pequeños, inevitables, que se le asemejan a los hombres vulgares».

Admiradores. En 'Sepa desentenderse' recomienda marcar distancias con los admiradores que le rodean: «A su alrededor ellos han formado una atmósfera, una muralla, que le impide ver en su verdad el pueblo o el país que visita».

'No tener impaciencia'. «Si queremos vivir bien y ahorrar disgustos, achaques y aún enfermedades, debemos tomar con flema y sosiego nuestra cosa: debemos comer, vestir, ir de una parte a otra despacio. Lo que se hace precipitamente, se hace mal».

'Desdén por el elogio'. «Un hombre vulgar se henchirá de satisfacción ante un elogio impreso en un periódico o en un libro; un espíritu frío acaso note en tal elogio una exageración, algo que traspasa los lindes del elogio para entrar en los de la apología».

'Impasible ante el ataque'. «El político no debe perder nunca la sangre fría. En el parlamento, en las reuniones públicas, muchas veces se verá blanco de la invectiva, de la cólera o de la insidia; él permanezca en todo momento sin mover un músculo de la cara».

'La balanza del yo'. Sostiene Azorín lo siguiente: «No sea el político excesivamente modesto; la modestia más daña que favorece. Si él tiene fuerza y habilidades, no las oculte, no quiera decir que no las tiene. Sea sencillo y natural: la modestia va contra la sencillez y la naturalidad. La vanidad es el exceso por más; la modestia es el exceso por menos. Si nosotros nos rebajamos y despreciamos, ¿no corremos el riesgo de que nos rebajen y desprecien los demás?».

'La fuerza contenida'. «No dé toda la medida de sí; resérvese siempre algo; reprímase. En esto estriba la diferencia que en la región del arte separa a los clásicos de los románticos. Los románticos corren libremente, desenfrenados; los clásicos se refrenan y encauzan en una regla».

1908. 'El Político' lo escribió Azorín en 1908 -tenía 35 años- durante una larga convalecencia en Monóvar. «He procurado ser preciso y claro (...) Esto poco que sé he querido exponerlo con brevedad y sin confusión», afirmaba el gran escritor.

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