El complejo de Nerón

Los cambios de este Consistorio y en especial los de movilidad parecen partir de la base de que la ciudad entera debe ser arrasada

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Uno de los tics que suelen tener quienes se creen dotados de una superioridad moral en razón de su posicionamiento ideológico es querer inventar el mundo. La convicción de que su ideología les sitúa por encima de los demás les lleva a creer que la realidad no existía hasta que ellos la sacaron de la nada. En una narración inspirada en el Génesis suelen describir su acción de gobierno como una suerte providencial en la que el Sumo Hacedor regala la dicha de ver nacer un nuevo mundo pues su soplo separa las aguas de la tierra firme y da vida a animales de todas las especies. Lo hemos visto en los fascismos europeos y las dictaduras de izquierda pero tambien ahora con los populismos emanados de la «gente».

Para estos, nada de lo existente vale la pena ni para conservarlo ni para usarlo de inspiración. Aquí en España, ni la Transición ni el parlamento o la Constitución tienen valor. No han nacido de su mano luego responden a intereses y objetivos oscuros e inconfesables.

Algo de ese tipo comparte Grezzi en su intento por imponer a machamartillo su cosmovisión de sostenibilidad insostenible. Los cambios de este Consistorio y en especial los de movilidad parecen partir de la base de que la ciudad entera debe ser arrasada. Es un cierto complejo de Nerón: quememos la ciudad para hacerla de nuevo. Es cierto que un enfoque realmente volcado en el ser humano y en la sostenibilidad implica cambios sustanciales y medidas radicales, como no dejar la ciudad al servicio del conductor sino del peatón. Ese deseo es loable y lo compartimos muchos como horizonte de referencia, pero requiere sus tiempos y sus modos. Y, sobre todo, mucha pedagogía. En definitiva, varias generaciones. Lo que tenemos en cambio es a Nerón con su lira mientras arde Valencia.

La última ha sido completar el catálogo de un particularísimo Código de la Circulación que tiene asombrados hasta a los expertos. No contento con inventarse una señal de preferencia ciclista, ahora ha incorprado un semáforo de peatones y coches en ámbar. Todos al mismo tiempo. Como si no fuera ya suficientemente peligroso cruzar en verde cuando los coches tienen ámbar, ahora todos compartirán la indicación al mismo tiempo. Dicen los expertos que es peligroso porque así como el verde es claramente preferencial, el ámbar, no. Es más, todos sabemos que el conductor español, por regla general, entiende el ámbar como «pasa deprisa que aún llegas» y no como lo que es: «cuidado, que deberías estar frenando ya porque hay otro con preferencia y vas lanzado». El ámbar es un color especialmente pensado para un vehículo que tiene capacidad de frenar o acelerar cuando lo primero crea más problemas que lo segundo. En cambio, el peatón, en un conflicto de interpretaciones y dudas, sale perdiendo. Parece el gran olvidado cuando debería ser el centro de la política de movilidad. Y el caballito de San Fernando, el transporte preferencial.

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