COMER INSECTOS

COMER INSECTOS

La gastronomía tiene un claro poso cultural: en España nos resistimos a devorar grillos, igual que rechazamos comer carne de perro

RAFA MARÍ

Éxito escaso. Desde el 1 de enero de 2018, la venta y consumo de insectos es legal en el territorio europeo. Leo en una revista: «¿Estamos preparados los españoles para ello? El éxito en España se prevé escaso». Pues claro que será escaso. Entre nuestros civilizados hábitos culturales figuran los de sentir repugnancia por el canibalismo o por comer carne de perro y de gato, gloriosos animales que merecen nuestro agradecimiento.

Hormigas rebozadas. ¿Grillos con chocolate? No gracias. ¿Hormigas rebozadas, cucarachas al ajillo? Mejor una ensalada de tomate, cebolla, lechuga y aceitunas. Son querencias culinarias, no del todo idiotas, arraigadas en nuestras mentes hispanas. Uno puede renunciar a muchas cosas menos a su cerebro, su cuerpo y sus amores. Por ejemplo, yo me alegro más de las victorias del Valencia o del Levante que de cualquier equipo turco.

Clarín. Me enfrasco en la lectura de los 'Artículos (1895-1897)' de Clarín, reunidos en el volumen IX de sus Obras Completas (2005, Ediciones Nobel). En muchas de sus 1200 páginas hay provechosas lecciones para cualquier crítico que tema caer en el pecado periodístico de la tibieza soporífera. Clarín siempre aprieta, siempre se moja. Es lo que le reclamaba su cerebro.

Sobre Galdós. Clarín admiraba a Galdós, pero de vez en cuando le hacía objeciones severas. Al comentar la novela 'Halma', en la que Galdós recupera el personaje de Nazarín, anota: «Catalina, desde que vuelve a casa de su hermano hasta que Nazarín le habla, se nos esconde; sus obras hablan por ella, pero sin ella. Este defecto no es nuevo en Galdós». Una crítica que debió dolerle a Galdós. Cuando nos achuchan, sufrimos. Es otra de las costumbres culturales de nuestro 'yo'.

Repeticiones. Clarín también reprocha a Galdós «la prolijidad de algunos diálogos». En 'Halma', el autor de 'La Regenta' (la mejor novela española del XIX) decía: «Sobran también muchas repeticiones apologéticas, con otras cosas que ahora no recuerdo, pero que recuerdo que sobran». Hábil recurso de estilo que copiaré alguna vez. Diré: «No sé por qué no me gustaban los gestos de Fulanito, pero recuerdo bien que no me gustaban nada». El lector entenderá esa conclusión. La memoria no puede recordar todo lo vivido, lo que no obsta para que algunas sensaciones sean definitivas. Se instalan para siempre en nuestro cerebro.

Con ojos muy abiertos. Terminaba así Clarín su crítica a 'Halma': «Este discípulo de Galdós no es un ciego admirador; soy admirador suyo con ojos muy abiertos».

Cinefórum. Me reencuentro con el doctor Javier Pitarch en el videoclub Stromboli (calle Centelles: películas de autor, rarezas, versiones originales...). Las doce de la mañana. Dani Gascó, culto crítico de cine y propietario del videoclub, inicia con nosotros un cinefórum sobre el director Richard Fleischer. De pie los tres, al lado de estantes en los que lucen títulos de culto, nos dan las doce y media, la una y las dos mientras hablamos de 'Los vikingos', 'The Narrow Margin' (etapa serie B del director), 'La muchacha del trapecio rojo' (Farley Granger, ¿un falso mal actor?)...

Nicholas Ray. «Hemos de repetir estas tertulias», decimos. «¿Sobre qué director debatiremos la próxima vez?», pregunta Javier tímidamente. Dani toma la iniciativa: «Sobre Nicholas Ray. Mi tesis será sobre 'Rebelde sin causa' o...». Maleducado, le interrumpo: «La mía sobre 'En un lugar solitario', con un soberbio Bogart, ese falso buen actor». La elección de Javier nos sorprende: «Yo disertaré sobre 'Más poderoso que la vida': drogas y adicciones». Dani añade: «Interpretada por James Mason, ese auténtico gran actor».

Arroz. Las dos y cinco. Decidimos: «Cuando nos reunamos de nuevo continuaremos el cinefórum en un restaurante vegetariano de Ruzafa». Nada de grillos, hormigas o cucarachas: pediremos hummus de remolacha, sopa de melón, arroz, tarta de queso...

Nuestras voces. Nos fuimos a casa a las dos y diez tras haber reinventado felizmente la tradición de hablar mirándonos a los ojos (o a las manos), escuchando nuestras voces y nuestras risas. ¡Qué calidez, qué diferencia con las redes sociales!

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