Las comarcas

CÉSAR GAVELA

El nacionalismo valenciano adora las comarcas. Tanto que las quiere convertir en una administración supramunicipal nueva, inspirada en el ejemplo catalán. Cada comarca tendría su consejo, su pequeño presidente, su parlamento de Liliput y su modesto -de momento- aparato burocrático. Cada comarca con su bandera, con su libro de historia propia, con su siempre discutible identidad colectiva, con su himno tal vez, y con sus sabios vagamente secesionistas impregnando las nuevas instituciones.

La comarca sería algo así como una unidad de destino en lo autonómico. Y una vistosa manera de conseguir que los 23.000 kilómetros cuadrados de la Comunidad Valenciana -que no suponen ni el 5 por ciento del territorio español- pareciesen un paisito. Al estilo de Uruguay, que tiene más departamentos que la gigantesca y colindante Argentina. La comarca convertiría el mapa valenciano en una graciosa constelación de colores que abonaría la impresión de que vivimos en un cuasi-estado independiente y mediterráneo. Mucho más complejo y vario de lo que en realidad es.

Sucede, sin embargo, que entre la Comunidad Valenciana real y las hoy por hoy nebulosas comarcas, están las provincias. Que llevan funcionando 184 años ininterrumpidamente. Que han cimentado, en toda la nación, un innegable sentimiento de pertenencia entre sus habitantes. Las provincias, un invento ilustrado, han sido un gran éxito. Algo que era poco previsible en la confusa España del siglo XIX, en la que tantos vaivenes políticos se produjeron. Y no solo eso, sino que las provincias atravesaron con gran utilidad el siglo XX, que no fue menos traumático, y ahí siguen, ya en el tercer milenio, tal vez más a la defensiva, pero dotadas de rango constitucional. Lo que les da una gran solidez. Porque para erradicarlas tendríamos que votar todos los españoles una reforma de la Carta Magna y no parece nada fácil que la mayoría de los ciudadanos renunciara a esa respetable condición provincial de sentirse alicantinos, alaveses, oscenses, gaditanos, leoneses etc. para subsumirse en la definición autonómica.

No parece, pues, muy realista la intención del bipartito valenciano de establecer el modelo comarcal para nuestra comunidad, en detrimento de las provincias y de sus arraigadas diputaciones. Y no lo parece por mucho que esa fuera una de las cuestiones que abrocharon el pacto del Botánico. Pacto en el que los nacionalistas de Compromís y los del PSPV volvieron a entronizar a las comarcas como misteriosa panacea de felicidad sociocultural. Pero crear un nuevo escalón administrativo es innecesario y costoso. Es más fruto de la poetización de un mapa regional que un instrumento justificable y eficaz.

La comarcalización valenciana, muy probablemente, continuará formando parte de la literatura fantástica.

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