EL COLOSO DE MONCADA

David Casinos es ciego, pero tiene una visión empresarial y deportiva como pocas. A los 45 deja el atletismo por el ciclismo

FERNANDO MIÑANA

Detrás de ese hombre con pinta de bruto, con un cierto aire al Manolito de Mafalda, hay un tipo más listo que el hambre. David Casinos se ha despedido esta semana del atletismo. El deporte que le hizo hombre, que cimentó su autoestima, que le dio impulso para convertirse en una figura, ya casi una marca. David es ciego y su escenario son los Juegos Paralímpicos, pero no hay otro atleta en la Comunitat con su capacidad para aparecer en los medios de comunicación. Tiene cinco medallas paralímpicas en lanzamiento de disco y peso. Cuatro de ellas son de oro. Pero su principal valor no es su currículo, sino su capacidad para superarse, para no resignarse a un papel secundario.

Siempre tuvo la convicción de que ser invidente no le convierte en un deportista menor. Y aún recuerdo la que se montó el día que declaró a este periódico que no entendía por qué el club le pagaba menos que a David Canal, el subcampeón de Europa de 400 que entrenaba con Rafa Blanquer, cuando no era ni valenciano y el club vivía, y vive, del dinero de los valencianos.

Casinos no nació ciego. Le vino de sopetón. Con todo lo que conlleva que de un día para otro todo esté a oscuras. Hace tanto tiempo que ya no recuerda ni cómo es su cara. Y hay quien dice, con las bromas que no solo permite sino que alienta, que viste mejor ahora que cuando veía perfectamente los pantalones plateados que se ponía cuando salía de discotecas... La anécdota es del libro titulado 'Todos los días sale el sol y si no sale ya me encargo yo de sacarlo', escrito por los periodistas Mario Rebollo y David Blay. Porque David Casinos, el coloso de Moncada, ya hace años que tiene su biografía en las librerías. Faltaría más.

Casinos tiene la habilidad, suya o de quien le asesora profesionalmente, de saber venderse. Sus perros-guía son más famosos que sus rivales. Ximena, primero, y ahora Farala van a todas partes con él y pobre de aquel que les cierre el paso.

Pero más allá de cómo es en los estadios o delante de las cámaras, a mí me fascina cómo se las apaña. Hace casi un año iba yo en el metro camino de Bétera cuando le vi subir al tren. Mi primer impulso fue acudir a su encuentro y gritarle «¡Mediático!», que es como yo le llamo. Pero preferí quedarme observándolo. Cómo manejaba el móvil, cómo escuchaba lo que sucedía a su alrededor, que es su forma de 'ver', cómo después seleccionaba la música y se ponía los cascos. Y cómo, de repente, tiraba de Farala, se ponía delante de la puerta, bajaba y echaba a andar. Nadie se dio cuenta de que detrás de aquellas galácticas gafas de espejo plateadas había unos ojos que no ven ni a un elefante.

En su biografía cuenta que hay días en que todavía lanza una pregunta al aire: «Mamá, ¿estás ahí?». Un recuerdo de sus primeras salidas, todavía sin el lazarillo, bastón blanco por delante, y madre sigilosa y vigilante por detrás. No se fiaba de que su hijo fuera capaz de defenderse solo.

Hace un par de años hice un reportaje a Gallo, un surfista que se ha quedado ciego y se resiste a bajarse de la tabla. Es del País Vasco y me contó que cuando sufrió el accidente que le hizo perder el segundo ojo, le llamaron de la Once y le recomendaron que hablara con Casinos para que le asesorara en su tránsito hacia las tinieblas.

David tiene 45 años, una mujer de hierro y una niña de tres años a la que jamás le ha dicho que es ciego. El otro día se despidió del atletismo como solo lo puede hacer él, anunciando que quiere competir en los Juegos de Tokio, en 2020, en ciclismo en pista. Casinos cambia el círculo de los lanzamientos por el óvalo de los velódromos.

Quiere competir en las variantes de esprint y un kilómetro. Su entrenador es Eloy Izquierdo, el hombre que preparó al ciclista que ganó la primera medalla para España en los Juegos Olímpicos de Barcelona hace 25 años, José Manuel Moreno. Y su piloto, el hombre que guía el tándem a 60 o 70 km/h en el velódromo, es José Antonio Villanueva, un 'pistard' olímpico con medallas mundialistas.

Casinos se emociona hablando de que ahora se alegra de no haber sido un lanzador pesado -da 86 kilos en la báscula- pero sí de conservar la explosividad, el corazón y las piernas para generar vatios. Los jueves coge el AVE y entrena con su piloto en Galapagar y el resto de la semana se fortalece en Valencia con una máquina, la Wattbike, que hace maravillas. Larga vida, mediático.

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